Nos comió la corrupción

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Esta sentencia nos sacudió la semana pasada: “Colombia se percibe como el país más corrupto del mundo”. Sin embargo, esa conclusión no era de Transparencia Internacional como se dijo inicialmente, sino de la página web US News.

Ahora bien, lo que sí dijo Transparencia Internacional (Capítulo Transparencia por Colombia), organización seria y atinada, es muchísimo más grave: “La corrupción en Colombia es un fenómeno estructural y sistemático que está presente en la gestión pública nacional, municipal y departamental”. Un ranking de percepciones es falto de información y está plagado de sesgos, imprecisiones y subjetividades, pero lo que sí dijo Transparencia por Colombia está basado en un juicioso estudio sobre la situación del país (“Así se mueve la corrupción. Radiografía de los hechos de corrupción en Colombia 2016-2018”).

Digámoslo de una forma más sencilla. Afirmar que “la corrupción en Colombia es un fenómeno estructural y sistemático” significa, nada más ni nada menos, que en nuestro país ningún sector, ni el público ni el privado, se salva de ser altamente propenso a ella, que la tenemos interiorizada en nuestro ADN, que somos una sociedad corrupta y que llegamos a ese punto por no haber hecho algo realmente importante para combatirla y evitarla. Ni este gobierno, ni el anterior, ni el de más atrás. Ninguno.

A quienes hemos dedicado años de la vida a combatir, desde la institucionalidad, la corrupción pública, privada y empresarial, esto es algo que nos duele, que se nos clava en el corazón. Nos hace pensar, incluso, que hemos desperdiciado nuestro tiempo y energías en una causa perdida: ganarles la guerra a la corrupción y a los corruptos.

Pero lo más preocupante no es eso. Lo realmente indignante es que, por cuenta de la corrupción, día tras día, este país pierde la posibilidad de generar el desarrollo económico y social que demanda para abandonar el subdesarrollo y así lograr que su gente viva mejor.

Con independencia de si somos o no el país más corrupto, lo cierto es que sí estamos dentro de los más corruptos. Eso lo sabemos y lo saben los ciudadanos, quienes indignados lo empiezan ya a protestar en las calles y urnas.

Lo que está pendiente es una verdadera política de Estado que nos permita entender que todo es aplazable, pero no la lucha frontal contra la corrupción. Me da pena, pero la corrupción no se combate con buenas intenciones y menos con buenos discursos. Un país honesto se consolida a través de la convicción íntima de los ciudadanos de querer hacer bien las cosas, de la interiorización de unos valores y del desprecio por unos desvalores, pero también, y ello es vital, del ejemplo, el cual debe empezar por el Estado y sus funcionarios, a través de una verdadera política pública.

No sé si seamos o no el país más corrupto del mundo, pero mientras sigamos haciendo lo mismo, siempre seremos firmes candidatos para ganar ese deshonroso trofeo y vivir en el mismísimo subdesarrollo. Con independencia de cualquier ranking, lo único cierto es que nos comió la corrupción.

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