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hace 39 mins
Por: Cecilia Orozco Tascón

¿Cómo nos defendemos de la justicia corrupta?

Lamento informar que los medios que publicaron la noticia según la cual, por fin, “se fue (el exmagistrado) Francisco Ricaurte”, se equivocaron.

Hoy, miércoles 12 de noviembre, a cuatro meses de haber sido sentenciada la nulidad de su elección y a ocho días de que se hubiera resuelto la última de las triquiñuelas judiciales con que intentó quedarse, Ricaurte continúa en su elegante despacho de presidente del Consejo Superior de la Judicatura, órgano que se encarga de juzgar el comportamiento de los jueces, que administra billones de pesos para el funcionamiento de la justicia y que pone o quita los nombres de los aspirantes a ocupar sillas en los tribunales. Esto es lo que planearon él y sus amigos tinterillos: esperar hasta el último minuto y, según sus cuentas, el fallo cobraría validez sólo después de esa hora. Ni un segundo antes. Ahí está, entonces.

En igual situación se encuentra su colega y compañero de vueltas Pedro Munar, elegido en circunstancias similares a las suyas. Gemelos son. Y así les ha ido en la vida, “gemeliando” todo: llegaron sin mayores méritos a la Corte Suprema como magistrados auxiliares, el uno de la Sala Laboral y el otro de la Civil; ascendieron a magistrados titulares con mucha habilidad y vida social, método que también les sirvió para tomarse la presidencia de sus respectivas salas. Y ambos fueron presidentes de la Suprema; el primero y más hábil, en propiedad; el segundo, en encargo durante unas vergonzosas vacaciones de diciembre. ¡Qué importa el tiempo con tal de tener pasaporte diplomático! Terminados sus períodos de ocho años, los dos fueron elegidos por los magistrados que ellos ayudaron a elegir, para ser transferidos, por otros ocho años y como lanzados con columpio, a la Judicatura, sitio en donde al menos hasta que terminen estas 24 horas estarán juntitos, el uno presidiendo el tribunal y el otro la Sala Administrativa. ¡Bonito compañerismo!

Ayer, cosas del destino, el Consejo de Estado se reunió en pleno para empezar a estudiar la anulación de la elección de Munar, que debe concluir así, por simple lógica jurídica. Sin embargo, no en vano han transcurrido 120 días desde cuando sonó el campanazo que golpeó a Ricaurte. Los gemelos se han movido, ni más faltaba, entre los consejeros de quienes depende si Munar se va o se queda. También han concurrido, para ayudarlos, altísimos funcionarios de Estado. Ni se imaginan ustedes hasta dónde ha escalado la venalidad judicial. Porque se siente hiperprotegido, Munar respondió, con cara de ira, cuando un reportero de Noticias Uno le preguntó cáusticamente: “¿Usted está de acuerdo con que los magistrados pasen de una corte a otra?”. Respuesta cínica: “¿Usted está de acuerdo con que un ministro pase de un ministerio a otro?”.

La comparación no resiste: una cosa es un nombramiento político del jefe de Estado y otra, una elección en las cortes, presuntamente democrática, meritoria y en igualdad de condiciones para los aspirantes. A propósito de escándalos recientes, este par, junto con otros togados, son los responsables del ingreso a esa corporación de Luis Gabriel Miranda, quien sigue los pasos de sus maestros: magistrado auxiliar, magistrado titular, presidente de sala y presidente de corte. Miranda matonea, irrespeta a la autoridad, mal usa los vehículos públicos cuyo costo, blindaje y gasolina pagamos usted y yo; le da mal ejemplo a la sociedad; se presta para burlar un fallo que desfavorece a uno de sus clientes y ni siquiera nos ofrece disculpas. La justicia indígena despertó la admiración de la gente y los doctores en derecho se preocuparon porque carece de garantías de defensa. Pero ¿quién vela por nuestras garantías? ¿Cómo y con quiénes nos defendemos de la justicia corrupta?

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2014-11-11T21:23:24-05:00

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¿Cómo nos defendemos de la justicia corrupta?

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