Por: Isabella Portilla
Cabeza de Medusa

Nos están matando

La canaleta está rota hace años. Y se oye. Salida de las láminas, se oye el agua caer sobre el sardinel. Se oye el tic. Se oye el tac. El tubo desprende óxido y las gotas caen rojizas.

Se oyen cuchicheos, pasos que chirrían contra el suelo, pies que corren de un lado a otro. Las gotas caen y caen, hasta que el sardinel enrojece del todo y el chorro de agua va a dar a la única alcantarilla de la calle.

Adentro de la casa, alguien sacude a una mujer.   

«Levántate», le dicen.

Ella no alcanza a distinguir de quién es la voz. El cuerpo se esparce sobre la cama por el peso del sueño. Vuelve a encogerse, como si se acabara de acostar. Sigue durmiendo.

Le jalan la cobija hasta destaparla y ella mete las manos debajo de la almohada en busca de calor.

«Levántate», le vuelven a decir.

Voltea el tronco. Se endereza hasta desentumecerse; al tiempo abre los ojos.

Se oyen las gotas, una tras otra. Los pasos que recorren el zaguán. Se alcanza a escuchar el trinar de un pájaro que vuela bajo.

Y el llanto. Entonces escucha el llanto. Termina de despertar. Es un llanto tenue, un casi-llanto, que a lo mejor cedió a la espesura del sueño y, que de repente, la sobresaltó.

Se levanta y ve la sombra de un hombre en la pared.

«¿Qué pasa, papá?» dice cuando pone los pies en el suelo y reconoce el cuerpo de su padre.

«Mataron a tu mamá», le oye decir.

A ella se le enciende el cuerpo y salta como si estuviera parada sobre la lumbre. El calor la abrasa. Los ojos también le brincan de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. El corazón se le detiene y parece como si el tiempo se detuviera con él.

Por la ventana empieza a verse el amanecer. Ya se han escondido las estrellas, pero no es como si llegara el día, es más bien como si la tarde estuviera a punto de acabarse.
Un cielo opaco, sin mucha luz solar, amenaza otro aguacero.

En la callejuela se escuchan los pasos de la gente que ronda. Voces bajas, casi sordas.

Y en la pieza, la mujer parada en la puerta deja entrever pedazos de cielo a través de sus manos abiertas. Y entre sus piernas, rayos de luz, una luz húmeda como si debajo de ella se estancara una lluvia de lágrimas. Y el llanto. Otra vez el llanto. Sollozos tenues pero amargos.  

«Mataron a tu mamá», oye decir de nuevo.

Así que se dirige a la sombra, la sombrea. La ve atravesar la puerta hasta que la sombra se diluye y se pierde en el ocaso.

Ella se mira las manos.

Luego dice:

«¿Y a mí, papá, quién me mató?».

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