Por: Mauricio Botero Caicedo

¿Nos estaremos comiendo un cuento?

En general, cuando un avión se acerca a una formación de nubes, los pilotos les informan a los pasajeros que la nave atraviesa zona de turbulencia que en nada afecta la seguridad de la aeronave.

Me temo, y ojalá esté equivocado, que los recientes acontecimientos tanto domésticos como internacionales van a causar en Colombia algo más que pasajera turbulencia. En el campo económico internacional, la probable desintegración parcial del euro y la desaceleración china nos van a dar un fuerte remezón; la caída en el precio de los “commodities”, y en especial los precios del petróleo y del carbón, hace necesario que se revisen las tasas de crecimiento y por ende los recaudos fiscales del Estado. El Gobierno va a tener que ser cuidadoso en las promesas que hace, ya que muchas de las metas —por política y socialmente deseables que sean— no van a contar con los recursos para salir adelante. El afirmar que la economía colombiana está ‘blindada’ no pasa de ser una sandez y puede ser prueba irrefutable de que nos estamos comiendo un cuento.

Por otro lado está el fallido intento de la “reforma judicial”, una de las páginas más vergonzosas en la historia de la patria. No sorprende que el Congreso actuara de la manera que actuó, anteponiendo, como es su costumbre, los intereses personales de sus integrantes por encima de cualquier otra consideración. Lo que sí sorprende es que en vez de los micos que acompañan todo acto legislativo, los padres de la patria pretendieran que la recua de orangutanes que le habían colgado iba a pasar desapercibida por la opinión pública. Por otra parte, los congresistas, que de manera flagrante y abusiva violaran la ley que les prohíbe votar leyes que implican su propio beneficio, deben ser inmediatamente sometidos a un juicio que ojalá lleve a la destitución y cárcel.

En cuanto al poder judicial, con la honrosa excepción del Consejo de Estado y la Corte Constitucional, mostraron todos el cobre. No debe ser fácil calcular el número de ágapes, festines, francachelas y comilonas que se llevaron a cabo entre magistrados, congresistas, el fiscal y otros funcionarios para que los primeros pudieran aumentar sus prebendas y privilegios, entre otras la edad de retiro; y los congresistas asegurarse de que sus abusos y tropelías del pasado quedarían en la impunidad y sería prácticamente imposible juzgarlos por más trasgresión a la ley que llegaran a cometer en el futuro. Magistrados y congresistas le deberían pedir públicamente perdón a la ciudadanía por su reprobable comportamiento. (Mucha razón tenía el presidente Uribe al advertirnos que en varias de las Cortes se escondía una recua de pícaros).

El Gobierno tampoco quedó muy bien parado. Posiblemente lo que más duele e indigna es que los altos funcionarios crean que el país es una especie de manicomio en que con toda calma se pueden hacer los locos. Porque después de haber sido advertidos por innumerables comentaristas de que en la ‘reforma judicial’ lo que en realidad se estaba cocinando era una ‘olla podrida’, afirmar a continuación que ‘fueron asaltados en su buena fe’ refleja o un inusitado nivel de cinismo o una absoluta falta de respeto con la inteligencia de la ciudadanía. (En este país, en donde prácticamente ningún funcionario sabe conjugar el verbo renunciar, por lo menos Juan Carlos Esguerra asumió su cuota de responsabilidad).

Los analistas (desde North pasando por Robinson y Acemoglu) afirman que el progreso de las sociedades se debe a la solidez de sus instituciones. Los tres poderes del Estado, el ejecutivo, el legislativo, y el judicial, nos han dejado saber que es mucho lo que nos falta recorrer para entrar en la senda de los países desarrollados. Por más foros y cumbres que asistamos, creyendo que ya jugamos en la grandes ligas, hoy por hoy probablemente ¡nos estamos comiendo un cuento! 

 

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