Por: Alejandro Reyes Posada

Nos falta una utopía de nación

Es muy curioso que cuando por fin se despeja el futuro, no exista una utopía que convoque y movilice las energías colectivas hacia la construcción de una mejor sociedad. Esa utopía comenzó a dibujarse en el acuerdo de integrar la periferia olvidada y en la voluntad de abandonar la violencia para perseguir fines políticos, que liberan el potencial creativo de la generación joven del país.

Una explicación posible se encuentra en la tesis de Daniel Pecault, el sociólogo francés que dedicó su vida a estudiar a Colombia. Orden y violencia, para él, se refuerzan entre sí como fuerzas que sostienen el statu quo y mantienen el sistema de las élites en equilibrio. Eso explica que, frente a la reducción de la violencia lograda con el proceso de paz, las fuerzas conservadoras del statu quo, que se aglutinan en torno del Centro Democrático, pero que también incluyen a los católicos y cristianos y las clases emergentes, expresen el temor de estar dando un salto al vacío y avizoren el futuro como el desastre de Venezuela, al que nos llevaría el complot de Santos y las Farc para entregar el país al populismo.

Detrás de estos temores está el miedo a la movilización popular que pueda desbordarse, como le ocurrió temprano a Colombia con el asesinato de Gaitán y la revuelta caótica que desató la Violencia de los años 50. La realidad histórica es que la violencia administrada del último medio siglo ha impedido la organización de los movimientos sociales que hubieran podido retar a las élites dominantes, quienes han preferido un crecimiento mediocre aunque sostenido, así sea al costo de excluir a grandes masas de población marginada. El resultado ha sido una estabilidad del sistema que no es democrática ni equitativa, con un saldo de víctimas que duplica al del conjunto de América Latina, que pasó por dictaduras militares.

En otra esquina se está configurando una alianza que mira al futuro, cuyo proyecto aprovecha la oportunidad de superar la violencia y piensa en inclusión, en invertir en las nuevas generaciones con mejor educación y en un salto adelante en la competitividad del país con la modernización del Estado. Para ellos es crucial depurar el sistema político de la corrupción, que cobra una renta excesiva a favor de quienes detentan el poder. Esa coalición está encabezada por Sergio Fajardo y reúne movimientos políticos de centro izquierda como los verdes, el Polo, los liberales de Humberto de la Calle, además de una gran franja de electores jóvenes cansados de la polarización y el temor al futuro.

Esa alianza aprecia la promesa de tomar en serio la democracia participativa para tomar las decisiones de inversión y está dispuesta a reconstruir instituciones locales y territoriales de abajo hacia arriba, recogiendo el conocimiento y las visiones del desarrollo de los campesinos, los indígenas y los negros, para que el desarrollo tenga mejores efectos distributivos. Por eso se empeñará en implementar los contenidos modernizadores del Acuerdo de Paz, como la apertura democrática y la reforma rural integral, y buscará reconciliar a los antiguos adversarios con una justicia de transición, que repare a las víctimas y asegure la no repetición de los ciclos de violencia.

Como esta alianza no descansa en las maquinarias electorales, sus posibilidades de triunfo dependerán de que logren movilizar el entusiasmo de los jóvenes y los votantes independientes de las viejas castas políticas, amarradas a cambio de promesas de contratos y corrupción, que parasitan el sistema político.

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