Por: Lisandro Duque Naranjo

Nos pasamos de auténticos

RECUERDO QUE EN LA PELÍCULA Harry el Sucio, de Don Siegel, el protagonista Clint Eastwood aparecía en una escena con un cuadro de Fernando Botero al fondo.

La presencia de una obra de nuestro pintor dentro del decorado llamó tanto la atención de Daniel Samper Pizano, que le dedicó un artículo en las Lecturas Dominicales de El Tiempo, por allá a comienzos de los años ochentas. Muy justificado el interés de Samper si se tiene en cuenta que Colombia tenía por entonces una escasísima figuración internacional.

La fama de Botero apenas comenzaba a expandirse en el extranjero, y García Márquez era el único colombiano reconocible en cualquier lugar del planeta, aunque personajes como Rafael Puyana, el clavicembalista, y Lucho Herrera y Patrocinio Jiménez, los ciclistas, sacaban pecho también por el país en algunas geografías remotas. Héroes del arte y del deporte, pues, eran los que por fuera ofrecían constancia de que existíamos y suscitaban la curiosidad de los de otra parte acerca del lugar que ocupábamos en el mapamundi. Mucho antes, en los cincuentas, los colombianos de mostrar fueron Carlos Julio Ramírez, el barítono, porque apareció cantando al lado de la diva Esther Williams, en una escena de la película Escuela de Sirenas. Y Pepe Gálvez, porque actuaba en Churubusco con Ana Bertha Lepe.

Samper gustaba también de informar sobre obras de celebridades universales que aludieran a Colombia. Entre las que halló, hubo de Borges y Joseph Conrad, y uno, como lector de esta tierra, le daba gracias al par de autores por el detalle de nombrarnos, aunque fuera en forma imprecisa. En lo que a mí concierne, me emocionó mucho descubrir, en el diario personal de Paul Gauguin, que una hermana suya, de regreso de Tahití hacia París, se enamoró en Panamá de un colombiano de apellido Robledo, con el que terminó casándose. Varios años después de haber leído eso, me topé con el osario de Margarita Gauguin de Robledo en la iglesia de Santa Clara en Bogotá. En otra ocasión, leyendo la autobiografía de Fellini, sentí alegría de que el viejo zorro del cine, en la primera página, informara que la monja que más lo consentía durante su reclusión en una clínica en Roma era colombiana. Supongo que ese tipo de satisfacciones se deben a lo que se suele llamar identidad, una especie de patriotismo intimista y sin alharacas.

Colombia durante mucho tiempo fue como si no existiera, salvo para los nacidos en ella. Parecíamos imperceptibles para el mundo. Por años, mientras fui suscriptor de una revista francesa de humor —Le canard enchainé—, el sobre me llegaba a la dirección de mi casa, sólo que ésta, a juicio de los remitentes, quedaba en “Bogotá, República de Bolivia”.

Hoy, sin embargo, ya nadie más allá de nuestras fronteras puede decir que no nos ha oído mencionar. La cocaína nos instaló, a inicios de los ochentas, en las agradecidas narices de los habitantes de las grandes metrópolis, y eso nos sacó del anonimato. Nuestros transgresores populares de la ley se internacionalizaron y se volvieron mundanos en cárceles y vendettas políglotas hasta el punto de convertirse en los malos clásicos de cuanta película policíaca se hace en Estados Unidos y Europa. Ya forman parte del jet-set del crimen, anticipándose en el cosmopolitismo a los artistas de acá que una década después empezaron a arrancar aplausos en donde se paren. Los deportistas ya no sólo compiten en cicla, sino en disciplinas que antaño eran privativas de las élites: el tenis, el golf, los automóviles de fórmula, etc. Los únicos que tienen sus pasaportes llenos de sellos no son apenas los ministros y las familias de dedo parado. Y no obstante cerrársenos tantas puertas, vaya uno a saber cómo cuatro millones de colombianos sostienen a sus familias desde el extranjero. Por los celulares de los ciudadanos rasos entran y salen llamadas que cruzan el océano por dos pesos.

A pesar de esa intensa familiaridad con el mundo exterior, los colombianos —y desde luego nuestro gobierno— no rompen aún el cascarón de la parroquia ni se pellizcan respecto a los deberes que impone la inserción de este país en el universo global. Y eso que aquí no hay casi nadie sin parientes por fuera, lo que debiera motivar cautela. El linchamiento y quemada, motivado en un atraco, de dos colombianos en un pueblo ecuatoriano, quizás sea una práctica cultural de vieja data en esa provincia, pero hay derecho a suponer si ese acto horrendo no lo ayudó a precipitar la nacionalidad de las dos víctimas. Confieso que a causa de la crispación chauvinista entre ambos países, le he advertido a una guayaquileña, alumna mía de un posgrado, que no ande por ahí informando de su procedencia. A esas paranoias hemos llegado.

En su programa de cocina, D'artagnan hablaba hace unos meses de “la horda de 150 chinos que nos invadió”, como si en solo Shangai no hubiera casi 300 colombianos. Para no hablar del desinterés que entre los hinchas del Presidente suscitan los editoriales adversos de los periódicos mexicanos y ecuatorianos, por lo del “tropelito” en la frontera. Y de cómo les resbala el reclamo del presidente mexicano al nuestro en el sentido de no calificar aún de “terroristas” a los mexicanos bombardeados en esa madrugada. Hay que reconocer que el doctor Uribe fue capaz de decir eso allá, en Cancún, lo que demuestra una convicción —y hasta una valentía— que no permite esperar de él una flexibilización de su intransigencia. Tampoco les importa la protesta de 63 congresistas gringos por la estigmatización criminal que el inefable José Obdulio hizo de la marcha del 6 de marzo. Al respecto, el doctor Uribe les dijo a los periodistas internacionales que hablaran con su asesor a ver si “mandaba una cartica”. La verdad es que nos pasamos de auténticos.

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