Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Nos quedamos sin alternativas políticas?

CUANDO TRIUNFÓ LA CANDIDATURA de Juan Manuel Santos, se sabía que las fuerzas no incluidas en la llamada Unidad Nacional iban a ser minoritarias. Pero nadie, o casi nadie, se imaginó que fueran a vivir la catástrofe que estamos presenciando.

Durante la campaña de 2010, hubo dos grandes propuestas que se enfrentaron a Santos. La primera, encabezada por Mockus, finalmente cristalizó en el Partido Verde. La segunda, que encarnaba Petro, fue apoyada por el Polo Democrático y sus aliados. Hoy, ambas divisas pagan por sus pecados pasados y presentes. De hecho, los dos candidatos presidenciales de 2010 abandonaron sus respectivas toldas, y se guarecen de las inclemencias del tiempo tras el débil, y ya desgastado, parapeto de la política de personalidades. Ahora bien, Petro y Mockus tienen dos características importantes en común. Primero, a ambos les queda juego: son figuras con un patrimonio de significativas realizaciones, y pudieron dar buenas razones para su salida. Segundo, ninguno de los dos tiene incentivos para hacer oposición (sus adversarios inmediatos están en otra parte). ¿Qué decir de sus partidos de origen? Ambos son coaliciones inestables de fuerzas que han sufrido severas sangrías y pérdidas de rumbo, aunque por razones distintas. El Polo Democrático no se ha dado cuenta aún de la magnitud del descrédito que le ha caído encima por todo lo que significó la administración Moreno, y sus líderes actuales siguen un curso errático, expresado además a través de un estilo a la vez irrelevante y pendenciero. No se las han arreglado para acertar en las grandes coyunturas. Por ejemplo, en el voto de la Ley de Víctimas escogieron la alternativa que los uribistas sólo se atrevieron a desear. Cierto, Clara López lo está haciendo bien, pero esto ni de lejos es suficiente, y además falta ver si ella misma se salva de las tempestades internas del Polo (ninguno de los alcaldes anteriores elegidos por esa agrupación ha terminado dentro de ella). Si los amarillos tienen ideario y estructura pero están desconectados de la opinión, los verdes tienen opinión pero carecen totalmente de ideas y estructura. Claro, nunca fueron opositores, pero se suponía, de manera vaga, que “eran otra cosa”. Ahora simplemente no son nada. A la salida de Mockus, siguió la auto-degradación de Fajardo; el verde se destiñe por pura sustracción de materia. Pero además no tiene —seamos justos: nunca tuvo— nada que se pareciera a una propuesta nacional, a un esfuerzo por construir una tradición común. El barco a la deriva lo pilotea ahora Peñalosa, con su sonrisa congelada y su afirmación —repetitiva, mecánica y sorprendente— de que su nuevo programa es no vetar a nadie.

¿Qué queda? Está la acerba oposición de extrema derecha que pueda hacer Uribe. Esta es más seria, y yo creo que generará turbulencias en el futuro. Es verdad que parte del gobierno actual parece tener la esperanza o de poder apaciguar a Uribe, o de poder esperar tranquilamente a que, por los enormes eventos de corrupción y violencia de su administración, en algún momento la justicia lo agarre, para decirlo a la manera uribista, de una vez por todas de los tres huevitos. Pero la justicia está ahora encarnada en las gentes de la Comisión de Acusaciones, ellas mismas enredadas en líos judiciales, y que comparten con Uribe amigos, ejecutorias y financiadores impresentables. Además, Uribe pertenece formalmente a la Unidad Nacional y se sirve para sus movidas electorales de fichas que no son opositoras (Peñalosa, que apenas es peñalosista, y Lozano, que apenas es invertebrado).

La descomposición de las fuerzas alternativas es una extraña sorpresa en un país que tiene mil razones para la indignación, mil tareas por realizar, mil debates pendientes. Santos y su equipo lo han hecho muy bien en algunos frentes cruciales; en otros, la evaluación no parece tan favorable. Es claro que el Gobierno también gana si tiene que enfrentar buenas críticas. La falta de debate serio no le conviene a nadie.

 

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