Por: Guillermo Zuluaga

“Nos vemos en el Málaga”

Visto desde afuera es uno más de los locales que sobreviven en la vieja carrera Bolívar. Pero cuando se cruzan las barandas de madera que están bajo el umbral de la puerta, el recién llegado se encuentra con uno de los sitios más emblemáticos para la cultura popular. Un sitio que por estos días cumple 60 años alegrando la vida de Medellín.

El “lugar común” dice que el Salón Málaga es sitio obligado del tango. Pero digamos que esa es una mera invitación publicitaria o una descripción pronta, para salir del tema. Porque basta recorrer dos metros adentro para encontrarse con un sitio que podría clasificarse como museo vivo; uno donde hay tanta gente amable y tan diversa; uno en cuyas largas paredes cuelgan tantas fotografías de artistas, de visitantes ilustres y de una ciudad que —arrasada por el progreso— camina hace rato las cornisas de la nostalgia urbanística.

Dicen, pues, que es un sitio para escuchar tangos; y eso es cierto, pero es más. Por sus bafles, que están en algún lugar, efluyen más que tonadas de la “canción ciudadana”. En “el Málaga” suenan muchas otras músicas: pasillos, boleros, “clásica”, bambucos, pasodobles y en algunas tardes y noches la salsa y los porros también alegran el alma de sus visitantes. De unos clientes que parece que estuvieran siempre, y de otros que llegan con cámara a la vista y un mapa de ciudad a mano.

Entonces, allí se disfruta de un buen tema musical y de un buen café, un refresco o un trago de licor. Porque el Málaga es un bar con su barra de madera y sus 60 mesas cómodas. Pero también es ya una Corporación que lucha por aportar a la construcción de una ciudad más amigable: allí se dictan clases de baile de tango y milonga y de técnica vocal; se realizan tertulias musicales y los más amigos celebran allí cada martes sus cumpleaños. También tiene su emisora virtual, buscando llegar a muchos lugares del mundo donde están esos clientes que ya no pueden venir tan frecuente; y hace parte de eventos de ciudad como el Festival de Tango y la Feria de las Flores. Y cada diciembre realizan un festival de música parrandera, donde la gente viste poncho y sombrero blanco, como evocación de los bailes de antaño.

Por estos días también está de cumpleaños Gustavo Arteaga —84 para ser exacto—, el fundador de este Salón Málaga; un hombre que dejó desde muy joven las faenas y moliendas de café de su natal Caramanta, en el filo de la frontera antioqueña, y se vino a disfrutar de su verdadera pasión: “moler música”. Don Gustavo, jefe indiscutido y absoluto del Málaga, lleva seis décadas coleccionando discos de 78 rpm, muchos en pasta extranjera. Y todos los días tan puntual llega a poner a girar los discos, con ese scratch que también echa a rodar las nostalgias de los asiduos. Quienes lo ven siempre en ese balconcito de madera, mirando, remirando, revisando, acomodando sus viejos elepés, no dudan en señalar que también él es “tesoro vivo” de este patrimonio no declarado de ciudad.

El Málaga pertenece a una extraña especie en estas ciudades de tráfago, afanes e inmediateces, que se niega a morir. Es uno de los últimos cafés-salones-tertuliaderos-bailaderos que aún afortunadamente continúan abiertos. Lugares estos para socializar en torno a la palabra y un café o un trago de licor. Salón este que hasta himno le compusieron, y que ha sobrevivido a tantas dificultades: como esa época del narcotráfico en que la gente no podía quedarse en espacios públicos so pena de una bomba o de un disparo certero o una bala perdida; y sobrevivió a esa lenta muerte de esta céntrica avenida Bolívar, cuando las eternas y aplazadas obras del Metro convirtieron la zona en un lodazal infame y un arrume de hierro y concreto que llevó a la quiebra a tantos comerciantes. Sobrevivió porque para su dueño no importaba solo el lucro y con paciencia campesina esperó por mejores días. Claro que en estos, que serían “los mejores”, el Salón Málaga, con su atención amable y su programación artística, tiene que salir a librar desigual batalla con la “competencia desleal” en una ciudad y una sociedad donde importa igual el dinero proveniente de un espacio que aporte a la cultura, que el del sitio donde la dignidad humana valga tan poco. Business is business, dirán por aquí.

En el Salón Málaga ya no caben más diplomas de reconocimiento y hay quienes creen que se los merece y se merece todo. Porque este, más que un local comercial, es un proyecto cultural con contenido emocional, donde llegan los amigos de siempre y se da el encuentro generacional: padres e hijos, nietos y abuelos, damas de cabellos morados y chicas dependientes de almacenes vienen todos a verse o a recordar y a reencontrarse con su esencia. “Nos vemos en el Málaga”.

Este salón-corporación hace trámites para ser reconocido como Patrimonio inmaterial. Aunque para muchos asiduos y estudiosos ya lo es: tiene el reconocimiento de la ciudadanía, el más importante y para el cual no requiere un sello de Radicado; y esa comunidad sigue llegando y trayendo a más gente para que se apropie de este sitio. El Salón Málaga aún sobrevive para fortuna de esta ciudad que necesita encontrarse, reunirse. Conversar. Conversar. Solo eso: algo tan simple y tan importante.

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