Por: Sergio Otálora Montenegro

Nosotros, el ombligo del mundo

MIAMI. EN ESTA CIUDAD DE ODIOS fáciles, de prejuicios ideológicos en cada esquina, llámese pequeña Habana, pequeña Caracas o pequeña Buenos Aires (con sus correspondientes gobernantes-fetiche), no es fácil encontrar a alguien que admire a un presidente latinoamericano, precisamente porque casi todos son de izquierda y, como ya es ley en esta tierra del exilio cubano, eso significa comunismo o medio comunismo, es decir, parecerse, por exceso o por defecto, a Fidel.

Pero Uribe está hecho de otra pasta: lo aman. Lo veneran. Es el bueno de la película que todos quisieran enfrentar a los villanos del populismo y la demagogia. A nuestro presidente lo suben y lo bajan: estadista serio, líder indiscutible, corajudo, frentero, con pantalones. Los adjetivos se agotan (tampoco es que el repertorio sea muy amplio en esta meca del spanglish) para ensalzar al héroe de la jornada.

La otra cara de la moneda se llama Piedad Córdoba. La detestan, de ella hablan, con gran fluidez y veneno sin límite, en canales de la tele y emisoras locales, la gran mayoría en manos de lo más radical del exilio. Hay excesos también: el bufón peruano, Jaime Bayly, pidió en su programa de entrevistas y opinión que expulsaran a la Senadora liberal de Estados Unidos.

Ahora, por sus palabras ya no tan efusivas hacia el mesías, Íngrid Betancourt ha despertado recelo, antipatías. Aquí incluso han puesto en duda su secuestro. También la ven como una desagradecida, y en el peor de los casos, como alguien que de pronto es víctima de una gran manipulación.

Detrás de todo este fenómeno se encuentra el hecho claro de que la realidad colombiana se ha vuelto un show mediático internacional, con sus personajes buenos, regulares y malos; sus dramas y melodramas que por lo general son lo mismo, pero con una gota más de sangre cada día. Es predecible, pero también es una caja de sorpresas y de sobresaltos, que la convierten en una especie de adicción. Tal vez por eso seamos maestros en mirarnos al ombligo, en no ver más allá de nuestras fronteras, porque tenemos suficiente con lo que nos pasa adentro.

Desde hace un tiempo, me había trazado el firme propósito de no tocar temas domésticos, para mirar, en cambio, otros escenarios y personajes. Poner en práctica aquello de que el mundo es ancho y ajeno. Imposible. Es tan intenso todo lo que sucede en nuestro país, desde la parapolítica hasta el espectacular rescate de quince secuestrados, en medio de la innegable intervención de Washington en su planeación, apoyo logístico y aprobación del operativo, que cada vez se vuelve más difícil mirar hacia el horizonte, hacia fuera, porque nuestro propio enredo es una red de la que es muy difícil escapar. Por lo tanto, el resto de hechos pasan a un segundo lugar, a pesar de su gran importancia: el interesante contrapunteo ideológico entre McCain y Obama, la acción encubierta del Pentágono en Irán, la sangrienta y desestabilizadora guerra contra los narcos en México…

Con las liberaciones que se han dado, sea por acto unilateral de la guerrilla o por rescate militar, me pregunto de qué material estamos hechos los colombianos. Gente que estuvo en cautiverio durante años, al borde de la muerte, bajo los rigores de la selva, regresan a la libertad y después del reencuentro emocionado, parece que no se dieran (ni les diéramos) el tiempo para procesar lo ocurrido. Araújo es nombrado Canciller apenas semanas después de haberse jugado la vida. Íngrid no cesa de hablar para todos los canales del mundo, su agenda es tan apretada como la de un ministro y ahora está enfrentada a Clara Rojas. A Luis Eladio ya le tocó salir del país por amenazas; a él lo vimos al tercer día con corbata y bien afeitado, como si hubiera llegado de unas largas vacaciones. Colombia no da tregua.

La verdad es que, a la final, esa diaria adrenalina, esos hechos que se montan unos sobre otros, producen una gran sensación de embotamiento, un enorme sin sentido. Nos miramos al ombligo, con esa rara sensación de estar perdidos.

 

 

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