Por: Beatriz Vanegas Athías

“Nosotros no iniciamos el fuego”

Veintidós crónicas componen la antología periodística sobre el conflicto colombiano y sus víctimas. Veintidós crónicas seleccionadas por el escritor John Jairo Junieles, en las que el lector leerá las más recónditas, disímiles y duras versiones de la guerra colombiana del siglo XX escritas por Olga Behar, Pablo Navarrete, Alberto Salcedo Ramos, Angela María Hurtado, John William Archbold, Miguel Ángel Manrique, Carolina Durán, Yarley García, Karol Ramírez Betancur, Ginna Morelo, Manuel Guerrero, Paola C. Assone, David Lara Ramos, Andrés Mauricio Muñoz, Daniel Ángel, Carlos Marín Calderín, Paul Brito, Juan Miguel Álvarez, Miguel Ángel Pulido, Fabián Martínez González, Beatriz Vanegas Athías, John Better y Erick C. Duncan.

El antólogo J.J. Junieles afirma que “estos periodistas recogen muchas voces, narran una tierra llena de dificultades y pobreza en la que, sin embargo, no escasean las ilusiones y las esperanzas, un país de gentes que se desplazan a las grandes ciudades, a veces sin otro propósito que salvar su vida y reconstruir su historia en alguna tierra prometida”.

Y es la crónica, esa suerte de género que es la poesía del periodismo, la encargada de mostrar lo inicuo de la guerra genocida que ha padecido nuestro país. Este libro es una suerte de memoria que debería ser conocida por los habitantes de la Colombia citadina, encerrada en la burbuja de la academia, el periodismo envilecido por el poder económico, la televisión y los centros comerciales. Porque en cada crónica de Nosotros no iniciamos el fuego las lectoras y lectores encontrarán las reales causas del genocidio padecido especialmente por la Colombia rural.

Esta guerra aupada por países potentados como Estados Unidos, que debería resolverse sin su injerencia representada en la lucha contra el comunismo y el narcotráfico, ha desarrollado no sólo procesos de aniquilamientos de pueblos enteros, sino que ha permeado a la sociedad colombiana de tal modo que transformó los modos de construcción de nuestras propias identidades. Es tal la confusión mental identitaria que existen colombianos que creen con candorosa certeza que el actual presidente de Colombia es castrochavista, él que proviene de la más rancia oligarquía bogotana; o quienes creen que efectivamente el paramilitarismo tenía (¿o tiene?) una ideología fascista, cuando en realidad se sabe que la sevicia que los caracterizó (¿o caracteriza?) tiene móviles como apoderarse de la tierra y lucrarse del narcotráfico.

Historias duras de reales víctimas, de seres inermes cuya única opción era morir, hallará quien se asome a las páginas de Nosotros no iniciamos el fuego, antología esencial para entendernos y reconstruirnos como país.

 

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