Nostalgia

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En años recientes se ha derramado mucha tinta sobre el colapso del orden mundial, en cuya construcción, ampliación y mantenimiento EE. UU. jugó un papel neurálgico, y sus posibles implicaciones para las relaciones internacionales. Entre los rasgos de este que han tendido a ser idealizados se incluyen la casi universalización del libre mercado y la democracia liberal, la existencia de reglas comunes, la cooperación multilateral y el globalismo, todos los cuales supuestamente obraban a favor de la convivencia pacífica de los países, el funcionamiento fluido del sistema global y, en últimas, el bienestar colectivo.

Si bien se trata de una caricatura burda de un proyecto cuyas profundas contradicciones han incubado las mismas crisis que supuestamente son secuela de su debilitamiento, la falta resultante de liderazgo mundial ha afectado seriamente nuestra capacidad colectiva de combatir problemas como el calentamiento global o las pandemias que, por su naturaleza, desconocen las fronteras nacionales, generan costos compartidos que afectan sobre todo a las poblaciones más vulnerables, y exigen políticas conjuntas y consensuadas.

En consecuencia, en lugar de una estrategia coordinada que jalona en una sola dirección a toda la comunidad internacional, lo que se observa en los intentos de distintos países por contener el coronavirus son voces disonantes y, en algunos casos, señalamientos e incriminaciones mutuas. Para la muestra, Trump se refiere a un “virus extranjero” que invade el territorio estadounidense por falta de acción oportuna de Europa, Arabia Saudita acusa a Irán de exportarle el microbio, Corea del Sur condena a Japón por restringir el tráfico aéreo y adopta medidas similares, y Duque cierra la frontera en lugar de hablar con Maduro, incentivando así el ingreso clandestino aún más arriesgado de venezolanos. Por su parte, tanto Rusia como los sauditas, pescando en el río revuelto generado por la crisis, buscan ventaja librando una guerra de precios de petróleo.

Puede que no nos guste el papel de conductor de orquesta que ha jugado EE. UU. en el pasado, pero incluso las opiniones más críticas —con las que personalmente me identifico— tendrían que admitir cierta nostalgia y reconocer que la coyuntura urge a hacer un llamado político a la cooperación y la solidaridad, y medidas mancomunadas para las cuales no existen voces idóneas a la vista, incluyendo las de organismos multilaterales como la ONU. Con el agravante adicional de que el proteccionismo, el nacionalismo, el unilateralismo y la xenofobia —todos comportamientos que están al alza desde la penúltima gran crisis: la financiera de 2008— obran aún más en contravía de esta posibilidad.

Las crisis sacan lo peor de los Estados cuando escasea el liderazgo, pero también de las sociedades, en especial cuando son acompañadas de altas dosis de miedo e incertidumbre. No obstante, al lado de la sospecha mutua, la discriminación y el acaparamiento egoísta de recursos, también siembran expresiones de altruismo, compasión, solidaridad y colaboración. En estos días, el conmovedor gesto de los habitantes de Italia y España de salir a sus balcones para aplaudir a quienes libran la guerra contra el coronavirus y darles ánimo produce una nostalgia de otro tipo. Se trata de la esperanza de que cuando nuestro mundo se sacude tan fuerte que escasamente lo reconocemos, como está ocurriendo ahora por culpa de un microbio, aprendamos a encarar juntos nuestro presente-futuro colectivo.

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