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hace 2 horas
Por: Aura Lucía Mera

Nostalgia de ciudad

PARECE QUE LA MUERTE SE HUbiera cebado en Cali.

 No me refiero a las decenas de muertes diarias, en que los victimarios son niños de diez o doce años, ya armados, llenos de odio y con sed de sangre, ya que es lo único que han visto desde el momento en que nacieron. Tampoco me refiero a los muertos, apuñalados y golpeados que son el saldo de cada partido de fútbol en el Pascual, que más parece una arena de gladiadores que un estadio de deportes. Este domingo inclusive las puertas de Urgencias del Hospital Departamental resultaron destruidas. Una afición drogada y borracha se encargó del caos y toda la fuerza policial, en una ciudad en la que estar muerto es más fácil que seguir vivo, tiene que estar pendiente de los “hinchas”, descuidando el resto de la extensa, caótica y violenta población.

Tampoco me refiero a los cadáveres que aparecen en carros, amordazados, o flotando en los caños, o en los parques, víctimas de vendettas de narcos mayores o traquetos menores. Seguimos en la narcocultura y Cali sigue ostentando el vergonzoso título de narcociudad. Ya los del cartel de Sinaloa tienen propiedades a lo largo y ancho del departamento. Los que están en libertad en USA por ser testigos de excepción, siguen chantajeando desde larga distancia a aterrados terratenientes y provocando más desplazados. Los narcobarrios son conocidos por todos los ciudadanos, pero desde las máximas autoridades hasta los más humildes habitantes nos hacemos los de la vista gorda, porque nadie quiere terminar en el basurero o en el río Cauca. En fin... creen los empleados de la administración municipal, léase Alcaldía, que nos tragamos entero el cuento de que “como vamos, vamos bien...”. Cali es un campo de batalla. Punto.

La nostalgia que siento es por la partida de los que nos mostraron el otro Cali. El Cali cívico, cultural, amable, alegre y bello. El Cali que nos legó Maritza Uribe, y ahora José Pardo Llada. No se puede entender Cali sin entender el fenómeno Pardo Llada. Este cubano que ayudó con sus escritos a derrocar a Somoza , que fue amigo personal de Fidel y que luego tuvo los cojones de abandonar la causa por no compartir el giro que tomó. Y cayó por fortuna en Cali. Este cubano lleno de dientes sonrientes, de corazón de oro, de carácter fuerte, de amores sin rencores, que tuvo que luchar en su aterrizaje caleño contra la sociedad pacata y tradicional, que rompió esquemas con su original forma de concebir el periodismo, que abrió la puerta para los chismes del “jet-set” parroquial, que calificó a las mujeres de aviones y logró traerse un avión desde Panamá para un parque de diversiones, que insinuó poner una góndola veneciana en el río Cali, que fue el primero en nombrar los “sin-tocayos” vallecaucanos —y aprendimos que tenemos más nombres impronunciables de nacimiento que los mismos paisas—, que defendió sus ideas contra viento y marea, que no tragó entero, que supo perdonar de corazón a sus enemigos más matreros, hasta el punto que uno de ellos ayudó a cargar su ataúd.

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