Por: Rafael Orduz

Nostalgia de Humboldt

La madre quería que sus hijos se convirtieran en altos funcionarios prusianos. Sin embargo, Alexander von Humboldt, hermano de Wilhelm, consiguió lo que deseaba: dedicar su vida a la experimentación científica, a buscar una visión integral de la naturaleza relacionando observaciones de ámbitos aparentemente disímiles, a escribir desforadamente.

La lectura de La invención de la naturaleza, de Andrea Wulf, nacida en India y educada en Gran Bretaña, debe ser refrescante para los ecologistas estudiosos. Para otros, ignorantes, nos cae como un regalo en épocas de líderes que niegan el cambio climático y funcionarios criollos, públicos y privados que, de entrada, ven en figuras como la consulta previa el propósito de entorpecer el desarrollo y la confianza inversionista.

Apenas con más de 30 años se le midió a un viaje utilizando los rudimentarios medios que la época permitía, que incluyó el recorrido de parte del Orinoco, incluyendo el raudal del Maipures. Viajó de Cartagena a Santafé, donde conoció a su admirado Mutis, y de allí a Quito. Escaló el Chimborazo, considerada entonces la montaña mas alta del mundo. Con sus instrumentos, barómetro, sextante, termómetro, cianómetro, entre otros, midió para relacionar hechos aparentemente inconexos.

A pesar de la enorme cantidad de observaciones realizadas, no se le puede considerar un taxonomista. Es, en realidad, el visionario que, por primera vez, concibió la naturaleza como un sistema vivo, en peligro por la acción del hombre. Ni más ni menos que el creador de la idea del cambio climático.

Siempre pensó que el poder radicaba en compartir la información científica. Por eso fue un promotor de nuevos talentos. Fue interlocutor de Goethe cuando era un joven adulto y, mayor y famoso, apoyó, aún contra su patrimonio, a jóvenes científicos. Con Goethe, mayor suyo una generación, coincidían en que ciencia e imaginación y arte iban de la mano.

Darwin, casi 30 años menor, le admiró y siguió su bitácora de viaje en el Beagle, el viaje que fue la base para, años después, El origen de las especies.

Demócrata que admiró a Jefferson y Bolívar y que se desilusionó de ellos por esclavista el primero y tirano el segundo.

(A propósito de Bolívar, la autora nos recuerda lo que sabemos, pero no comentamos en voz alta: después de combates exitosos, Bolívar ordenaba ejecutar a los sobrevivientes en su guerra a muerte contra la corona española. Quizá no sobreviviviría los estándares contemporáneos del DIH).

La visión holística de Humboldt, una de sus mayores virtudes, caía en desgracia, después de su muerte, en la medida en que las ciencias se embarcaban en carriles separados, rumbo de la especialización y el olvido de los conectores entre ellas. Hoy emerge de nuevo.

Es difícil esperar que enemigos de la lucha contra el cambio climático como Trump y adalides de la minería a ultranza lean y, menos, sobre Humboldt. Sin embargo, enriquece a quienes consideramos que tenemos responsabilidad frente a la naturaleza, la fuente de vida.

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