Por: Augusto Trujillo Muñoz

Nostalgia de "viejo" país

Alfonso López, polémico y reformador; Eduardo Santos, transaccional y republicano; Laureano Gómez impetuoso y volcánico, fueron las figuras más destacadas de la generación del centenario. En 1928, es decir hace ochenta años, los dos primeros inauguraron la época de las célebres conferencias del Teatro Municipal, que después revivieron en sus campañas presidenciales Gaitán y Echandía.

López y Santos mantuvieron, a la vez, amistad y contradicción a lo largo de sus vidas. Santos le criticaba a López no saber escribir y López a Santos no saber nada de economía. “Con el tiempo –escribió alguna vez el ex presidente López Michelsen- cada uno de los dos encontrará su complemento en cada uno de los dos Lleras”.

Los Lleras llenaron más de medio siglo de la historia colombiana. Dueños ambos de brillante inteligencia, era tímido el uno y resuelto el otro. Dejaron su rastro en la política desde antes de la República Liberal hasta después del Frente Nacional. En Alberto los conceptos se volvían pedagogía y en Carlos se volvían instituciones.

Los nombres que he mencionado corresponden, de seguro, a los personajes más conspicuos de la dirigencia colombiana durante el siglo XX. Ciudadanos ilustres de notable preparación intelectual, honda sensibilidad ética y franca vocación de servicio. Alberto Lleras y Darío Echandía fueron ministros de López. Carlos Lleras y Jorge Eliécer Gaitán fueron ministros de Santos. Gaitán, además, fue ministro de Echandía y éste de Carlos Lleras.

Todos ellos ingresaron, desde muy jóvenes, a la política y al gobierno. Todos llegaron luego a la jefatura del Estado, salvo Gaitán, a quien se lo impidió un balazo mortal. Justamente en el presente mes el país está recordando los sesenta años de su muerte y conmemorando el centenario del nacimiento de Carlos Lleras Restrepo.

Lleras y Gaitán fueron dos líderes con personalidad y formación muy diferentes. Se movían en el mismo espacio político, pero no coincidían en el lenguaje, ni el estilo, ni en el mensaje. Ni siquiera pertenecían a la misma generación. Tenían percepciones contrarias del ejercicio público. La formación de Lleras lo impulsaba a trabajar sobre realidades y la de Gaitán a señalar responsabilidades.

Pedro Gómez Valderrama apuntó que “al escribir sobre una personalidad como la de Carlos Lleras Restrepo, deben estudiarse sus múltiples facetas, para obtener así la imagen auténtica de quien ha sido justamente considerado uno de los estadistas más completos de América”. (“Los días y los años”, pág. v).

Mientras tanto Antonio García escribió sobre Gaitán: “Su concepción dialéctica de la historia le lleva al conflicto como una escuela de voluntad…Más que los postulados económicos de la plus valía y de la renta territorial, importan a Gaitán la noción crítica del conflicto y la filosofía de la acción”. (“Gaitán y el problema de la revolución colombiana”, pág. 24).

No sin motivo sus personalidades solían repelerse. Para Lleras el liberalismo era una gama de matices de izquierda, que debía comprometerse con la reforma del Estado y ponerlo a tono con los requerimientos doctrinarios de su tiempo. Para Gaitán el liberalismo era el partido del pueblo y, como tal, debía comprometerse con una revolución social que no sólo garantizara al individuo la igualdad ante la ley sino la igualdad ante la vida.

El surgimiento del republicanismo hace cien años permitió a la generación del centenario y a las subsiguientes construir una cultura civil y recuperar la vocación por el respeto al derecho, maltrecha a lo largo de las guerras civiles. Aquella cultura –sobre la cual el país levantó unas instituciones nuevas en medio de amplio debate democrático- recibió el golpe de las dictaduras del medio siglo: Con la muerte de Gaitán y la clausura del Congreso en 1949 se fracturó la legalidad y se rompió la democracia. Su restauración tardó una década, hasta la caída de Rojas y el nacimiento del Frente Nacional. Lo que sigue después es bien conocido.

Con todo, López y Santos, Echandía y los Lleras, Turbay y Gaitán, -más allá de sus aciertos y de sus equivocaciones o de sus concordancias y de sus desacuerdos- le dieron un nuevo sentido a la acción pública y a las relaciones de la sociedad con el Estado. Pero además, fundieron en su ciclo vital, en su gestión política y en su interrelación pública y privada las grandes coordenadas históricas del liberalismo colombiano: su capacidad de hacer cosas, de construir instituciones, de defender las libertades. Pero también su vocación por el cambio, su capacidad crítica, su compromiso social, su sentido de la historia.

Esas fueron las mejores contribuciones del liberalismo a la sociedad colombiana y esas son las razones para que se noten tanto sus actuales carencias. La Constitución del 91 quiso dar vida a un “nuevo país” que, prácticamente, naufragó en medio de los peores hábitos públicos. Por eso es oportuno recordar el suceso intelectual y político que, hace ochenta años, inauguraron López y Santos. En ese sentido, alguien podría decir que siente nostalgia de “viejo país”.

Ex senador, profesor universitario

atm@cidan.net

 

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