Por: William Ospina

Nostalgia del futuro

Uno sólo ve Prometeo para sentir sentir nostalgia de Blade Runner.

Pero es que para hacer una gran película de ciencia ficción no basta Ridley Scott, maestro de la producción y el encuadre, de la dirección de actores, de la edición, la luz y el sonido: se necesita una idea brillante, un guión inteligente, y ya se sabe que en ciencia ficción las ideas verdaderas se les ocurren a muy pocos autores. La lista podría limitarse a diez, empezando por Philip K. Dick, Ray Bradbury, Frederik Pohl, J. G. Ballard e Isaac Asimov, y siguiendo con esos otros cinco que ya está pensando el lector.

Scott siempre hizo memorables películas cuando contó con buenos argumentos: Los duelistas, de Joseph Conrad, Thelma y Luisa, de Callie Khouri, o Blade Runner, de Philip K. Dick. De resto, firmó producciones costosas como Gladiador, 1492 o El reino de los cielos (que irremediablemente llamaron Cruzada en Hispanoamérica) de las que nadie diría que son obras de arte.

Los duelistas es la mejor respuesta que se puede dar a quien afirme que las buenas novelas no pueden convertirse en buenas películas. Es imposible saber si es mejor el intenso libro de Conrad o la película de Scott, sobre el modo como, en medio de las guerras napoleónicas, dos oficiales de un mismo ejército se enfrentan en una guerra privada.

Thelma y Luisa parece inspirada en la impetuosa película Carrera contra el destino (Vanishing Point, 1971) cuyo guión fue escrito por Guillermo Cabrera Infante. Lo que en la atmósfera de los años setenta era el desesperado intento de un hombre por huir de la historia a 200 kilómetros por hora, en manos de Scott se transforma en la aventura de dos mujeres hartas de la frustración y la mezquindad de sus destinos, que emprenden una fuga por los hondos paisajes del oeste de los Estados Unidos y prefieren al final el abismo a la celda.

Blade Runner es más poética, más imaginativa, más asombrosa, y condensa mucho de lo que hemos llegado a presentir del futuro: el mundo en poder de las corporaciones, seres construidos por la ingeniería genética que alternan con los seres humanos, mafias policiales, ciudades vertiginosas de torres, de contaminación, de publicidad, de organismos alterados, de culturas mezcladas, de muchedumbres y de soledad, lluvias intemporales, reflectores incesantes, la melancolía industrializada y la muerte transgénica, y en medio de todo ello las eternas preguntas humanas sobre la vida y la muerte, sobre la verdad y la justicia, sobre el conocimiento y sus límites.

Treinta años después, en Prometeo, Ridley Scott es capaz de ofrecernos el cascarón de la tecnología, el refinamiento del decorado, la eficacia del diseño y el esplendor de unas tempestades fantásticas, pero nada de la estremecida reflexión sobre el mundo que había en Blade Runner. Al contrario: es asombrosa su capacidad de desperdiciar posibilidades. Todos los personajes que imagina los sacrifica en una historia truculenta y estéril. Hasta un androide hay, cuyo tronco decapitado no es más que un maniquí absurdo, y cuya cabeza sigue hablando en vano desde un admirable y lóbrego diseño de H.R. Giger, que se pierde como todo en la nulidad de la trama. Qué diferencia con aquellos replicantes que saben que van a morir y vienen a pedirle a su creador un poco más de vida; qué diferencia con ese admirable Roy de Blade Runner, que inspiró al actor Rutger Hauer, ante las cámaras, en la última escena de la película, este poema que se ha vuelto clásico: “He visto cosas que ustedes los humanos no podrían creer. Naves de ataque en llamas perdiéndose por el hombro de Orión. He visto rayos C brillando en la oscuridad más allá de la Puerta de Tanhauser. Y todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia... Es hora de morir”.

Por estos días, Ridley Scott descansa del futuro, de la tecnología y de los alienígenas, preparando The Counselor, una obra que tiene cierta afinidad con la película colombiana Sumas y restas, la historia de un abogado que entra al mundo del narcotráfico creyendo que podrá sacar provecho de él sin comprometerse. Brad Pitt, a quien Scott lanzó a la fama en Thelma y Luisa, alterna allí con su mujer Angelina Jolie, con Javier Bardem y posiblemente con Penélope Cruz. Ya veremos cuánto puede haber inspirado nuestro mayor creador cinematográfico, Víctor Gaviria, a uno de los genios del cine mundial.

Con todo, para el próximo año se anuncia un retorno de Ridley Scott a la temática de Blade Runner, que podría darle la oportunidad de recuperar el hilo de sus invenciones espléndidas. Al parecer el guionista será el mismo Hampton Fancher que tomó la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y la convirtió en la memorable historia de Rick Deckard, el oficial encargado de retirar de circulación a los replicantes, criaturas de los laboratorios de genética diseñadas según su serie como soldados, obreros, asesinos o modelos de placer, a algunos de los cuales se les han añadido recuerdos y un esquema básico de emociones, y que terminan tan ansiosos de vivir y tan necesitados de respuestas filosóficas como nosotros mismos. En 1982 causó sensación en todo el mundo, salvo naturalmente en los Estados Unidos, y Blade Runner pronto se convirtió en un filme de culto, en la mejor película de ciencia ficción de la historia, fama que no logró arrebatarle siquiera la primera parte de Matrix, intrincada y genial. 

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