Por: Arturo Charria

Nostalgia y melancolía, reflexiones desde la literatura

Las grandes preguntas nos llegan de golpe: minutos antes de conciliar el sueño o caminando sin rumbo fijo por una ciudad desconocida. Estas preguntas no suelen ser del todo nuevas, son fragmentos inconclusos que vamos acumulando a lo largo de la vida y que en el momento preciso se juntan para que busquemos su respuesta.

Esta pregunta surgió hace ocho años en un salón de clases. Un estudiante me pidió que le explicara la diferencia entre nostalgia y melancolía, pues yo las había usado como sinónimos en la interpretación de un poema. Recuerdo que entonces di una respuesta concreta, en donde un sentimiento resultaba subordinado a otro: “La nostalgia es algo más transitorio y menos permanente que la melancolía, ya que esta última es un sentimiento que una vez desatado puede ser incontenible”.

Pero la semana pasada, mientras me sentía dos veces perdido en una calle por la que jamás había pasado, volví a pensar en aquella pregunta: ¿en qué se diferencia la nostalgia de la melancolía? Con la diferencia de que en ese momento la respuesta no buscaba aclarar una duda semántica, sino vital.  Allí estaba, en medio de esa calle viendo pasar a los otros, sintiendo caer de manera desordenada los versos con los que durante años he tratado de ordenar mis emociones.

Pensé en Borges: “Me duele una mujer en todo el cuerpo” y “Si para todo hay término y hay tasa / y última vez y nunca más y olvido / ¿Quién nos dirá de quién, en esta casa, / sin saberlo nos hemos despedido”. Comprendí entonces, a través de esos primeros versos, que el campo semántico y sensible de las dos palabras se relacionaban con el dolor y la pérdida. Sin embargo, la pregunta seguía intacta. Recordé entonces un cuento del fallecido escritor colombiano R. H. Moreno Durán, El humor de la melancolía. El cuento recupera los pasos de Efraín en Londres mientras era estudiante de Medicina: “Me pregunté qué era la nostalgia y supe que era el color sepia, el sabor a ceniza, la cabellera helada del aire que azotaba mi rostro cuando intentaba ordenar mis días en compañía de la amada lejana, sin otro resultado que la triste cifra, la amarga contabilidad de la pérdida”.

La nostalgia se revelaba como un dolor producido por una pérdida, pero por más intensa que esta fuera podía localizarse en el tiempo, en el espacio, incluso en el cuerpo. Comprendí que la nostalgia es un sentimiento que surge por la ausencia de algo que queremos y del deseo de recuperarlo: un lugar, un instante vivido, una persona. El nobel turco, Orhan Pamuk, escribe su célebre libro El museo de la inocencia sobre esa tesis: el dolor de vivir el momento más feliz de nuestras vidas y no ser conscientes de ello.

¿Y la melancolía? todos los versos en los que pensaba, todos los personajes sobre los que volvía se ajustaban, de alguna manera, a las palabras de Moreno Durán. No se trataba de ponderar el dolor de la pérdida, como respondí años atrás a mi estudiante, de manera que llega un punto en que la nostalgia, dada su intensidad, se transforma en melancolía, sino en comprender realmente su diferencia. Fue entonces que pensé en Bartleby y en su famélica figura de escribiente.

Bartleby, protagonista del cuento escrito en 1853 por Herman Melville, entra en una parálisis total ante la vida, que se profundiza a medida que avanza el relato. Cada vez que le preguntan algo se limita a contestar: “Preferiría no hacerlo”. Nunca sabemos por qué Bartleby se cierra ante el mundo y los que le rodean, sin embargo, sentimos su dolor y la frustración de su jefe ante la imposibilidad de comunicarse con él. Al final del cuento Bartleby muere encerrado en su melancolía, cuyas paredes son más altas y sólidas que la cárcel en donde se deja morir sin hablar y sin probar alimentos.

Detenido en esa calle me preguntaba si en Bartleby estaba la máxima expresión de la melancolía, y que, a diferencia de la nostalgia, ésta es una pesadez absoluta que corta el habla y el movimiento; un sentimiento de pérdida que no logramos ubicar y que no encuentra espacio en el lenguaje. Que la melancolía es algo que se instala en el cuerpo y no se va.

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