Noticia de la primera peste

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La primera noticia de una peste de la cual se tenga registro fidedigno por estos pagos, el lugar exacto en el que hizo su aparición y el día y la hora de su desembarco, apareció impreso con lujos de detalles y una carga de poesía capaz de combatir el más angustioso abatimiento, en El amor en los tiempos del cólera.

No importa que algunos cronistas apurados de tema con el que distraer sus tediosas jornadas de cuarentena, pero especialistas en GGM, se entretengan haciéndoles creer a sus fieles que fue la del insomnio, por allá por los lados de Macondo, el antecedente más remoto del cual se tengan noticias y registros en el actual virreinato de Colombia.

Todo empezó con un enfermo del cólera que había llegado en una goleta desde Curazao y murió a los cuatro días en el hospital de la ciudad circundada de murallas y castillos de piedra levantados por sucesivos virreyes, en cuyo dintorno aún se eleva, sin ton ni son aparente, un promontorio natural de rastrojos, piedra y arena que, al decir del obispo de aquellas calendas, servía de hospicio de ceremoniales de todos los demonios, brujas, jóvenes y viejas, que le mermaba los aranceles de la fe provenientes de su extensa jurisdicción eclesial.

Y fue ahí, en ese corralito de piedra, en el que por vez primera se pusieron en práctica los aislamientos y cordones sanitarios, se habilitaron potreros, iglesias, conventos y patios como cementerios, se excavaron sepulturas para enterrar sin ataúdes, se impuso la catedra del cólera y la fiebre amarilla en la Escuela de Medicina y se echó mano de cuanto parapeto fuera capaz de atajar la embestida de una peste que, en once semanas, dice el cronista, había causado la más grande mortandad de nuestra historia preñada de blasones, títulos y una pobreza en la que pervive aún el baldón de la esclavitud.

Por entonces el cólera, al igual que hoy el coronavirus, no daba tregua matando a pobres y negros, la más numerosa población de aquella ciudad que en sus tiempos de esplendor llegó a tener el comercio más próspero del Caribe en el siglo XVIII, al mismo tiempo que el más ingrato e inicuo mercado de esclavos africanos en las Américas.

A ser punto de encuentro de la flota de galeones cargados con la plata, el oro y las esmeraldas de Potosí, Quito, Veracruz, Boyacá, y residencia habitual de los virreyes del Nuevo Reino de Granada que preferían gobernar desde aquí, frente a la mar oceana del mundo, para no correr el riesgo de perder el sentido de la realidad por el frío y la llovizna perpetua de la lejana capital virreinal de Fernanda del Carpio.

La misma y colonial ciudad que convivía feliz con sus blasones, las acechanzas mortales de sus aguas de beber y el peligroso estado sanitario del mercado público asentado en su propio muladar, los albañales españoles y las heces secándose al sol para ser respiradas en las brisas de diciembre, era la misma que, a riesgo de sucumbir, contribuía a la propagación sin límites del cólera.

Muchos años después, ciento y pico quizá, una peste con corona y vestida de mujer de 85 años vuelve a atracar en su puerto. A traspasar invisible sus murallas sus cielos su mar sus blasones y títulos nobiliarios y vuelve a encontrarla desvencijada y postrada por la madre de todas las pestes…

Nota. “Hasta la fecha en Cartagena han muerto 100 hombres y 61 mujeres. Por rango de edades, la población más afectada es la de 70 - 79 y 60 – 69”. Tomado de El Universal, Cartagena de Indias lunes 8 de junio de 2020.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

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