Por: Armando Montenegro

Noticias de la educación

CON FRECUENCIA LLEGAN MALAS noticias de la educación en Bogotá: evidencias de su deficiente calidad, puñales, droga y violencia en las aulas. Pero de  cuando en cuando también se oyen cosas buenas. Una de ellas, que ha generado algún interés internacional, es el programa del gobierno de Lucho Garzón para incentivar la asistencia a las aulas.

El punto de partida es que los altos costos impiden la permanencia de los pobres en las escuelas. El elevado valor de los libros, cuadernos, uniformes y matrículas incide en su decisión de alejarse de ellas. Y sus costos de oportunidad, es decir, lo que ganan los jóvenes en el trabajo, así éste sea informal y transitorio, cuando dejan de ir al colegio, también influyen sobre esta decisión.

En numerosos países se han desarrollado con éxito programas de subsidios condicionados a la asistencia: la familia recibe una transferencia monetaria, que compensa los costos de enviar a un niño a la escuela, siempre y cuando se compruebe, mes a mes, que éste efectivamente asiste a las aulas.

Bogotá instauró un programa de esta naturaleza en 2005. Y fue más allá: realizó una serie de experimentos para evaluar el efecto de distintos tipos de subsidios. En el caso base, se les dieron pagos mensuales de $30.000 a quienes asistieron al 80% de las clases. A otro grupo se le pagó sólo $20.000 por mes, pero, en cambio, se difirió el pago de $100.000 para que más adelante la familia pudiera cancelar los costos de iniciar el siguiente año escolar. A un tercer grupo se le mantuvo el pago de $20.000 mensuales y, cuando el joven lograba terminar sus estudios e ingresar a la universidad, su familia recibía $600.000.

 Estos experimentos, analizados por un equipo de investigadores dirigido por Felipe Barrera, ganador del último premio Juan Luis Londoño, mostraron que, en todos los casos, los subsidios tuvieron un impacto significativo sobre la asistencia escolar, la matrícula del siguiente nivel y la graduación (www.nber.org/papers/w13890). Pero los programas que pospusieron los pagos fueron particularmente benéficos: además de estimular la asistencia, tuvieron un efecto poderoso en la matrícula de los años siguientes y la graduación. Esto arroja una valiosa información sobre la mejor forma de combatir la deserción.

Pero, más allá de sus detalles, la realización de estos experimentos revela otros hechos significativos. En primer término, constituye una prueba adicional de la autonomía, el dinamismo y la creatividad de los entes territoriales para investigar y buscar soluciones a los problemas sociales (éste fue uno de los objetivos de las reformas descentralistas de las décadas pasadas).

La complejidad de estos experimentos, por otra parte, muestra que la solución de los problemas sociales, además de las ganas, exige conocimiento, preparación y tecnología. El país, por fortuna, cuenta con decenas de profesionales de alto nivel que investigan, analizan y participan en la renovación del proceso educativo (infortunadamente las entidades multilaterales inducen la fuga de cerebros: varios de los mejores expertos colombianos en educación hoy trabajan en Washington).

  La reforma educativa es un esfuerzo internacional, en el cual todos aprenden de todos. Este tipo de experimentos se está realizando en todas partes. En Nueva York, por ejemplo, se ha llegado a ofrecerles pagos a los alumnos que saquen las mejores notas y se ensayan metodologías audaces para romper el atraso educativo.

Dicho esto, hay que anotar que los escépticos pueden decir que nada se saca con que los niños vayan a la escuela inducidos por los subsidios de Lucho, si allá encuentran un ambiente de agresividad y violencia, y si lo que allí aprenden, si es que algo aprenden, es de pobre calidad. No hay más remedio que trabajar en todos los frentes.

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