Por: Julio Carrizosa Umaña

Diana Pombo, ambientalista

Diana murió en su ley, angustiada por su país, pensando en cómo habíamos cambiado, buscando soluciones, actuando como lo que era, una ambientalista.

Diana era ambientalista porque miraba el mundo amplia y profundamente, dándose cuenta de las interrelaciones, recordando el pasado, afrontando el presente y tratando de planificar el futuro, siempre buscando reformarlo y respetando a las otras especies y a las otras personas.

Nunca le pregunté a Diana por qué le dedicaba su vida a cuidar el ambiente cuando hubiera podido ser lo que quisiera, como gran diseñadora urbana. No necesitaba su respuesta. Bastaba verla trabajar en todas las tareas que se impuso para darse cuenta de que, más que un trabajo, Diana estaba realizando su vida interior, sus deseos más profundos.

En su libro Trópicos: Crónicas de seres y paisajes, Diana logró dar vida y territorio a los temas que fríamente se estudiaron en la Cumbre de la Tierra de 1992: el agua, las interrelaciones entre cultura y biodiversidad, los derechos de género y la economía verde. Es en el trópico, entre los paralelos de Capricornio y de Cáncer, en donde Diana muestra, en textos y fotografías, el significado de lo acordado en Río de Janeiro para las personas y las comunidades alejadas de los gobiernos y de la misma Naciones Unidas.

Para lograr esto, el mirar ambiental de Diana se consolida en sus fotografías, plenas de detalles y paisajes, insinuantes de las estrechas relaciones entre la naturaleza y los humanos, afirmadoras de las raíces culturales, pero al mismo tiempo abiertas a un cambio hacia lo mejor y siempre respetuosas de la intimidad, del gozo, del buen vivir tropical.

Difícil encontrar un libro que muestre con mayor énfasis la vida de personas y comunidades que a lo ancho del planeta comparten esa faja de vida en la que está localizada Colombia. Desde Bogotá, poco nos damos cuenta de que compartimos las condiciones planetarias de vida tropical con gentes que desde aquí nos parecen completamente extrañas.

El libro de Diana genera conciencia de que los bogotanos, los costeños y los paramunos compartimos una franja muy especial del planeta con los hombres que viven del ecoturismo en las islas Célebes, con las mujeres que manejan el agua en el sertão brasileño, con los campesinos de Sumatra, con las magas de Padúa, con los curacas del territorio chilao, con los que crían alpacas en la Puna. Con su libro, Diana valoró la vida en todos los trópicos, y así cumplió con su responsabilidad de ambientalista.

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