Por: Rodrigo Uprimny

Novela colectiva

Al decidir un caso, cuando la ley es ambigua, ¿debe un juez anteponer sus convicciones morales, incluso si al hacerlo afecta la coherencia de la jurisprudencia? ¿O debe proteger la consistencia del derecho, aunque esto colisione con su moral personal?

Estos interrogantes clásicos de la filosofía del derecho adquieren hoy una particular actualidad pues la decisión de la Corte Constitucional sobre la adopción por parejas del mismo sexo podría depender del voto de un conjuez, elegido por sorteo. Y si uno responde que las convicciones morales del conjuez predominan sobre la coherencia de la jurisprudencia, entonces la suerte de esa importante decisión dependería de la... suerte, de que el conjuez electo sea conservador o progresista.

Pero es inaceptable que en un Estado democrático el contenido de los derechos dependa de un carisellazo. En esta coyuntura, la metáfora de la “novela en cadena” de Ronald Dworkin, que es poco conocida fuera de los ámbitos jurídicos, resulta relevante.

Dworkin imagina un juego consistente en escribir una novela a varias manos: cada persona escribe un capítulo pero el resultado debe ser la mejor novela posible. Quien tiene que escribir el capítulo 15, tiene entonces libertad para crear ese capítulo, pero no puede hacerlo de cualquier forma. Una novela, para ser realmente buena y no un conjunto desarticulado de cuentos, tiene que tener coherencia. La novela colectiva, a pesar de ser hecha a varias manos, debe parecer de un solo autor.

El autor del capítulo 15 introducirá entonces elementos nuevos, pero deberá concebirlos de tal manera que se ajusten a la narrativa general, por lo cual puede tener que sacrificar ciertas preferencias literarias personales si constata que erosionan la integridad de la novela. Ese autor puede preferir la ironía volteriana, pero sabe que su capítulo no puede ser así, pues la novela ha tomado un tono dostoievskiano; y por ello, contra su preferencia literaria y para preservar la integridad de la novela, escribe un capítulo dramático, psicológico y febril.

Esta metáfora de Dworkin es poderosa pues captura bien la dinámica judicial. Los jueces a veces están obligados a crear derecho porque los textos jurídicos no imponen siempre soluciones inequívocas. Pero esa creación judicial de derecho no es libre: los jueces, como los partícipes de la novela en cadena, no están aislados sino que hacen parte de una práctica colectiva, que también requiere coherencia. Sólo así puede asegurarse la seguridad jurídica y la igualdad de todos ante la ley. Por ello, aunque cada juez tiene independencia de criterio, no puede ser indiferente frente al impacto de su decisión sobre la coherencia global del derecho.

Ojalá en este capítulo sobre adopción igualitaria, la Corte y el conjuez eviten la tentación de querer imponer sus preferencias morales y se esfuercen por lograr una solución coherente con los capítulos ya escritos de esta obra colectiva, que debe ser nuestra jurisprudencia constitucional.

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