Por: Santiago Montenegro

Novela de novelas

En Rosales, en el Poblado, en San isidro, en Miraflores o en Chacao, y en todos los barrios más acomodados de nuestras ciudades, la gente lleva un nivel de vida muy semejante a la de los mejores barrios de Nueva York, París o Londres.

Pero en esas mismas ciudades, a una o dos horas de distancia en transporte público, hay personas que carecen de agua corriente y otros servicios elementales y llevan vidas que, en términos de higiene y salubridad, pueden ser semejantes a la que llevaban la mayoría de los colombianos hace un siglo. Ya más lejos de las capitales y de las grandes ciudades, en áreas montañosas y sin comunicación, bandas armadas asaltan pueblos y siembran el terror, en escenas que nos transportan a mediados del siglo XIX. Y, si nos alejamos de los pueblos andinos, descendemos a lo largo de los ríos que buscan el Amazonas, el Orinoco o el Océano Pacífico y nos internamos en las selvas, podemos encontrar comunidades indígenas a donde no han llegado la radio, la escuela pública o el papel sellado y llevan vidas semejantes a las que encontraron los extremeños y castellanos en la conquista. En nuestros países es posible retroceder en el tiempo y encontrar y ver, en nuestro propio tiempo, todas las épocas y todos los tiempos. Ese es un mensaje central y sobrecogedor que Alejo Carpentier planteó, a mediados del siglo XX, en Los pasos perdidos. Novela barroca, novela romántica, novela social y política, novela de amor, novela mítica y precursora del llamado realismo mágico, esta novela de novelas y obra maestra de la literatura latinoamericana no ha perdido vigencia. Porque, además de plantear la dramática desigualdad y complejidad de nuestras sociedades, Carpentier tampoco glorifica la vida “de allá”, la que lleva la gente de las llamadas sociedades avanzadas, como puede ser la de Nueva York. Para Carpentier, en esas sociedades llamadas desarrolladas la gente no vive, actúa; no tiene caras sino máscaras. Esos enormes rascacielos son verdaderas cárceles que aprisionan a sus habitantes, con vidas tediosas de tanto repetir los mismos actos, cumplir los mismos horarios, aparentar las mismas cosas. Son sociedades en que de tanto usar y abusar de los signos, lo simbólico se ha perdido y en donde cada grupo, cada profesión, cada tribu, cada condominio, en su estrechez, crea y recrea sus propios lenguajes y representaciones del mundo. Sin utilizar el término, Carpentier, por supuesto, está ya planteando el drama de la posmodernidad. Son sociedades que han obtenido la libertad personal al costo de la confianza individual, han logrado la igualdad al costo de la autoestima y la autocomprensión al costo de la paz mental.

Sin glorificar tampoco lo de “acá”, Carpentier, quizá, nos está diciendo que tengamos cuidado, que podemos alcanzar enormes progresos materiales pero no a esos costos insoportables. No nos dice cómo hacerlo, pero da indicios, algunos utópicos. Manteniendo la cercanía a la naturaleza y defendiendo esas geografías tan extremas que se confunden con lo ficticio; o recobrando al menos algo de la solidaridad que existía en la comunidad rural y en la familia extensa. Pero, sobre todo, reconstruyendo los magníficos símbolos y relatos de nuestro pasado para ser conscientes de dónde venimos, para entender dónde estamos y para construir un gran relato compartido para nuestros hijos y para todos los que vendrán después.

 

 

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