Por: Francisco Leal Buitrago

Nubarrones

Desde los inicios de 2017, cuando a través de candidaturas encubiertas emergió el proceso electoral, comenzó una coyuntura crítica inédita en la política nacional. Al final, tras sucesivas incertidumbres, con el triunfo en la segunda vuelta electoral de “el que dijo Uribe” se decantó tal coyuntura. Sin embargo, la culminación de este atípico proceso histórico trajo consigo muchos interrogantes sobre el futuro del país. No se trata solamente del retorno del uribismo al poder, sino que el contexto en que se da es diferente al previsto.

Con el surgimiento de un amplio centro político en la contienda electoral, además del fin de la guerrilla más grande del hemisferio, disminuyó la polarización en la opinión pública. Sin embargo, para la segunda vuelta ese centro se distribuyó a lado y lado del espectro político, con inclinación hacia la izquierda. Quedó planteada así una fuerte aunque dispersa oposición al futuro gobierno del ungido por “el presidente eterno”. Aunque comenzaba a vislumbrase, la sorpresa del llamamiento a indagatoria al senador Uribe por parte de la Corte Suprema resucitó la polarización.

El anuncio de renuncia del neocaudillo a su curul, supuestamente para facilitar su absolución, a la vez que debilita al gobierno entrante, atiza el fuego polarizante de la política nacional. Aquí es donde se aprecia en forma clara el peso de las ideologías.

Junto con las religiones, las ideologías se expresan ante todo en la política. La fe en supuestas verdades nubla cualquier forma de raciocinio. Cada uno es poseedor de la verdad frente a los demás. La realidad se aleja cada vez más de los fanatismos que la observan a través de nublados lentes.

En la época actual, en la que proliferan medios virtuales de comunicación y redes sociales, el entramado entre seguidores y multiplicadores de mensajes breves sin espacios de razonamiento nubla aún más las confrontaciones ideológicas. Y en un país atravesado por violencias a lo largo de su historia, tal combustible ideológico dificulta que el Estado —sin presencia en muchos territorios de su compleja geografía— logre frenar confrontaciones que desembocan en violencias. La informalidad laboral de gran parte de la población sumada a erradas políticas multinacionales —cuyo epónimo es el narcotráfico— ponen en bandeja ganancias que no tienen competencia.

De esta manera, el futuro político del país es incierto. Sus perspectivas se han dispersado. Si el nuevo gobierno se inclina hacia su mentor emergerían con fuerza sectores de oposición que buscarían aglutinarse. Pero todo da para especulaciones.

No obstante, lo que sí puede vislumbrase en medio de los nubarrones es que la nación entera se encuentra en una etapa de transición. El enredo inicial de la coyuntura crítica, que culminó con la elección presidencial, se proyectó a la situación actual. En ella, el caudillismo trasnochado que emergió hace 16 años en la historia nacional comenzó a declinar, así dure más de lo que aspiran las fuerzas democráticas fortalecidas a lo largo de este prolongado e inédito proceso histórico.

* Miembro de La Paz Querida.

 

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