Por: María Antonieta Solórzano

Nuestra dignidad requiere el ocaso del patriarcado

Hace unos días una amiga formuló esta pregunta: ¿Cómo imaginamos la vida de las mujeres si el patriarcado desapareciera? Y, como creo que el futuro construye el presente, me pareció tentador imaginarlo. 

Sabemos que la creencia central del patriarcado es: el destino de la mujer está subordinado, para bien o para mal, a la voluntad del hombre, sea éste protector o abusador, padre, marido, hermano, etc. La mujer, entonces, no es dueña de su destino, es decir, carece de dignidad, lo que igualmente ocurre con el hombre siervo o subalterno.

El hombre está educado bajo la creencia de que el valor de su masculinidad tiene una relación directamente proporcional con la posibilidad de dominar a otro, en primer lugar a la mujer y ha de continuar con una carrera desenfrenada para someter a cualquiera. Sólo así es “respetable”. 

Por extraño que suene, el desequilibrio en la distribución del poder es la meta de la convivencia normal en el orden patriarcal. La violencia inherente al acto de usar el poder para vencer resulta invisible, nos parece natural. Sólo cuando el abuso es extremo se cuestiona. 

Resulta obvio, pero ignorado, que la relación sumisión/dominación donde quiera que ocurra es antiética. Desde el ámbito privado hasta lo público. El círculo vicioso dominante/dominado deteriora primordialmente la dignidad de la mujer y la de todo aquel que no puede aspirar “al inhumano sitio del dominante”.

Entonces, al visualizar un mundo más allá del patriarcado surgen imágenes donde suceden relaciones de compañerismo y confianza entre hombres y mujeres o entre niños y adultos, de coordinaciones que construyen soluciones a las adversidades de la cotidianidad, conversaciones con base en el respeto y en la autoridad que otorga la sabiduría que cada quien ha desarrollado y no su género o su estatus. Las familias despliegan con libertad su creatividad emocional e intelectual. 

En cualquier escenario las diferencias entre los seres humanos se resuelven en las reglas de la estética y del amor, obviamente la violencia doméstica, el maltrato o el abuso sexual dejan de ser una posibilidad.

Para vivir así es necesario el ocaso del mundo patriarcal y establecernos en una convivencia que en primer lugar se dé cuenta de que mujeres y hombres han de conectarse con su femenino capaz de sacar la vida de la oscuridad, de avanzar del caos al orden y con su masculino apto para iluminar y sostener lo creado dando vigor y permanencia a la existencia. 

Y más importante, ser conscientes de que masculino y femenino son fuerzas vitales que coexisten en el interior y en el exterior de cada uno nosotros y que su equilibrio y equidad son esenciales para recuperar la dignidad que nos hace dueños de nuestros destinos.

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