Por: Rafael Rivas

¿Nuestra lotería?

LA ENFERMEDAD HOLANDESA ES un peligro real. El Gobierno lo sabe.

Pero no es claro que vaya a tener éxito en crear los mecanismos para disipar los riesgos, por tres razones. En primer lugar, la situación fiscal hace mucho más difícil que el Gobierno voluntariamente prescinda de recursos. Para neutralizar la presión sobre la tasa de cambio, es necesario no gastar los recursos que provienen de la bonanza. No se trata solamente de las regalías, que son las que más atención reciben, por su vergonzoso desperdicio. También habría que congelar los recursos provenientes de los demás impuestos generados por estas actividades. ¿Será el Gobierno capaz de meter en un fondo el impuesto de renta pagado por Ecopetrol, por Cerrejón, por Pacific Rubiales? La esterilización de los recursos provenientes de actividades petroleras y mineras exige un esfuerzo mucho mayor del que tienen en mente aun quienes reconocen que hay un problema real.

La segunda razón por la cual es difícil tomar las medidas necesarias es que se afectan enormemente los intereses regionales. No basta ponerle orden al gasto de regalías para que no haya más piscinas de olas. Se trata de eliminar las regalías, congelarlas o destinarlas a gastos que de todas maneras se van a hacer. Por ejemplo, si es que sobreviven las regalías regionales, lo cual en sí mismo es un debate útil, pues no hay ninguna razón por la cual haya que malgastar cuantiosos recursos en regiones remotas y poco pobladas por el simple hecho de que el subsuelo es rico, se podría obligar a los departamentos y municipios a dedicar las regalías a cubrir, en primer lugar, sus pasivos, incluyendo el pasivo pensional. No el flujo anual, sino el pasivo total. Lo mismo podría hacer la Nación. ¿Les gustaría a los políticos esta solución?

La tercera razón por la cual hay que ser escéptico es la misma naturaleza del flagelo y de la psicología humana. En experimento tras experimento, los psicólogos han constatado que las personas que se ganan la lotería no registran ningún aumento de su bienestar y, por el contrario, con frecuencia reportan graves traumas después de su aparente buena suerte: ruptura familiar, conflictos con los amigos, sensación de desarraigo, disipación de la riqueza. Y, sin embargo, si se le pregunta a la misma gente que conoce estos resultados si quisieran ganarse la lotería, inevitablemente dicen que sí. Piensan, en contra de toda la evidencia, que su caso va a ser diferente. La posibilidad de riqueza súbita, producto de la buena fortuna y no del trabajo, es un impulso humano casi irresistible. Es tema de un sinnúmero de fábulas desde la antigüedad.

Lo mismo pasa con las bonanzas. No han terminado los economistas de advertir sobre los riesgos de la enfermedad holandesa, cuando ellos mismos ya están extasiados pensando en supuestos beneficios extraordinarios provenientes de la actividad petrolera y minera: la solución milagrosa del tema fiscal, imaginativos megaproyectos de infraestructura, la eliminación de la pobreza, etc. Celebran a los cuatro vientos el éxito de Colombia en atraer inversión extranjera (toda ligada a estas actividades y no a otras actividades industriales). La principal razón por la cual va a ser difícil luchar contra la enfermedad holandesa es que, aunque la cabeza sabe que es dañina, el corazón no puede evitar la sensación de que nuestra bonanza es un gran golpe de suerte. Como ganarse la lotería.

En realidad, si hay una bonanza, lo más probable es que no aumente la tasa de crecimiento del PIB (como no la aumentó en los 90) y la revaluación cause estragos en el resto de la economía. Y siempre existe el riesgo de que no haya tal bonanza (como tantas otras que nos han anunciado) y que, convencidos de nuestra buena fortuna, no se hagan las reformas y ajustes necesarios.

 

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