Por: Ricardo Bada

Nuestras últimas palabras

En cierta ocasión me contactaron de la edición costarricense de la revista SoHo para que participase en una encuesta acerca de las 50 cosas que habría que hacer antes de morir.

En realidad, contesté, semejante encuesta era una pura falacia. Primero, porque todos aspiramos a ser inmortales. Segundo, porque los únicos que saben a ciencia cierta que su aspiración es irrealizable, son los condenados a muerte sin apelación posible. Por lo tanto, si quisiera ser honesto al responder, debería meterme en la piel de uno de ellos para pensar una lista de las 50 cosas que tendría que hacer antes de ser puesto en manos del verdugo.

Como es lógico, el panorama se jibariza así de un modo considerable. Fundamentalmente esas 50 cosas se reducirían a una, una sola: huir como sea de la cárcel donde me tuvieran encerrado. Y una vez convencido de que el asunto resultaba ± imposible, se me abrirían dos opciones: a) si fuese una persona con inquietudes religiosas (o me convierto en ella); y b) si no lo fuere. En la primera opción, la principal cosa que debiera hacer consistiría en reconciliarme con mis dioses. En la segunda, la más importante de tales cosas sería elegir mis últimas palabras, unas palabras por las cuales quién sabe si no pudiese pasar a la posteridad.

Unas palabras como las de Heine: “Dios me perdonará. Es Su oficio”.

O las de Mark Twain: “Hasta la vista, en el caso de que nos volvamos a ver”.

O las de Balzac, reclamando los auxilios médicos de un galeno que era una criatura de ficción creada por él: “¡Bianchon! ¡llamad a Bianchon! ¡él me salvará!”.

O las de Garibaldi, cuando dos pinzones se posaron en el alféizar de la ventana de su cuarto, y los quisieron alejar para que no molestasen al moribundo: “Déjenlos, han venido a buscarme”.

O las de Ortega y Gasset, arrecho por los esfuerzos de la Santa Madre Iglesia para administrarle los sacramentos en su lecho de muerte: “En este país ni siquiera se puede uno morir en paz”.

O las de Van Gogh: «Por favor no llores, es mejor asi para todos. La tristeza durará toda la vida. Yo ahora vuelvo a casa».

O las del gran Ibsen, oyendo a su alrededor cómo las mujeres de la casa murmuraban que al enfermo le estaba yendo mejor: “Al contrario, todo lo contrario”.

O las de Lenin, a quien su esposa, Nadezhda Krúpskaia, le leía en voz alta, sentada al lado de su cama: “Léeme algo más de Jack London”.

Pues no podemos confiar en tener tanta suerte como el ilustre Goethe, de quien suele recordarse (recontextualizado como anhelo fáustico) su modesto deseo de que le descorrieran las cortinas del dormitorio para que entrase “¡Luz, más luz!”.  Ni tanta sangre fría como aquel comandante inglés Herbert Armstrong que asesinó a su esposa Katherine, lo condenaron a muerte, y cuando subió al patíbulo, alzó los ojos al cielo y dijo: “I am coming Katie!”.

 

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