Por: Juan Gabriel Vásquez

Nuestras vidas privadas

¿NUNCA LES HA PARECIDO RARO lo que pasa en español con la palabra privacidad?

La acabo de escribir en mi computador, y allí está, mirándome desde la pantalla con total inocencia, como si nunca hubiera hecho nada: el detestable corrector ortográfico no me la subraya de rojo detestable. No: yo escribo privacidad y ahí queda la palabrita, negro sobre blanco, impune y firme, y yo pienso en lo raro que es eso dado que la palabra no existe. Y entonces me doy la vuelta y agarro mi diccionario de la Real Academia Española y llego a la página 1669 y encuentro prístino, prisuelo y privación, y luego hay un salto, algo que se parece a un salto, y la palabra siguiente es privada. Luego vienen privadamente, privadero, privado, privanza. Pero privacidad no está. ¿Nunca les ha parecido raro?

Pensaba yo en eso el otro día mientras leía las declaraciones o promesas o buenas intenciones del presidente. Santos nos aseguraba, no me acuerdo con qué palabras, que no se iba a espiar a las minorías políticas, algo así. Y pensé que semejante declaración o promesa o buena intención sólo es posible después de ocho años de uribismo: qué país curioso nos ha dejado el presidente Uribe, pensé, un país donde el gobierno tiene que prometer que no va a usar las agencias estatales de inteligencia para espiar a la oposición, ya no digamos a los otros poderes o aun a los periodistas. Y hace unas semanas salía ese procurador nuestro, especie de quinta columna del uribismo más grotesco, a pedirle a la Corte que respaldara la penalización de la dosis mínima. “Ni el porte ni el consumo de drogas son asuntos propios de la vida íntima de las personas”, decía. “Basta considerar que las drogas son cultivadas, procesadas, transportadas, distribuidas y vendidas por otros, para advertir que no se trata de un asunto que corresponda de manera exclusiva a quien las porta y a quien las consume”. Y pensé: tiene que faltar algo en la declaración. Tiene que haberse equivocado quien la transcribió. Porque así como apareció en la prensa, así como lo he transcrito yo y como lo han leído ustedes, el argumento es francamente imbécil. El consumo de droga no es un asunto privado porque son otros quienes la fabrican y la venden. Curioso: eso tiene en común la droga con las Biblias. Y, puestos a pensar, con todo lo que uno no sea capaz de producir en su casa.

Y luego uno se da cuenta de que todo esto en el fondo es coherente: coherente con Uribelandia, ese lugar donde la privacidad, como en los diccionarios, no existe. Me doy otra vez la vuelta y cojo mi diccionario inglés Webster, donde sí aparece la palabra privacy, definida como el estado en que uno vive libre “de intrusiones indeseables”, y me da, para qué negarlo, un poco de envidia. Intrusiones indeseables: ¿no son dos palabras que definen a la perfección —sí: mejor que un diccionario— la honorable gestión del honorable procurador? Yo lo pienso y cuanto más lo pienso más me preocupa la cosa, pues por todas partes oigo decir que el debate sobre la privacidad será el gran debate de nuestro tiempo, el lugar donde se definirán los derechos civiles y el alcance de la larga mano del Estado y la mano aun más larga de la religión. Y si el que tiene el poder no sabe muy bien dónde termina lo uno y comienza lo otro, ¿entonces qué pasa?

 

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