Por: Julián Cubillos

Nuestro cinismo

Bien dijo Wilde que el cinismo consiste en ver las cosas como realmente son, y no como se quiere que sean. Bien hizo Russell en elogiar el cinismo de la juventud occidental, en contraste con el conformismo de la del Este.

Pero el elogio de Russell era más una provocación. Religión, patria, progreso, belleza y verdad, escribía él en los años treinta, eran ideales que ya no inspiraban las viejas lealtades. De ahí que el cinismo de los jóvenes le facilitara las cosas a los opresores. De ahí que el cinismo constituyera, para él, un problema y no una virtud; uno cuya cura se encontraría en una educación más humanista. El elogio de Russell incluía, así, una invitación a la acción.

Ochenta años después, esas acciones también perdieron inspiración. A fuerza de discursos moralistas de derecha e izquierda, del ateo y del creyente, del feliz y del infeliz… a fuerza de entender la forma en que esos discursos se contradicen, una y otra vez, con los actos y los hechos, es notable que nuestro cinismo esté creciendo cada día. No es el admirable cinismo de los ancianos, no es el cinismo que conlleva la experiencia ni, mucho menos, el intelecto. Es un cinismo de masas, un escepticismo contestatario y sin fundamento: un cinismo adolescente; pero cinismo, al fin y al cabo.

Elogiar ese cinismo o alentarlo para que crezca constituiría una contradicción en los términos. Una contradicción innecesaria, por lo demás, pues (siguiendo a Wilde) para eso están los hechos; algunos medios y quienes más influyen en la opinión pública ya se encargan de dar ese aliento. Porque el cinismo es inevitable cuando la indignación se convierte en objeto de consumo. Y eso, aquí, pasó hace mucho tiempo. Nuestra publicidad ofende al obeso, al de dientes amarillos, al que no sabe inglés… una modelo-humorista, sin embargo, recibe todo el peso de la indignación mediática por burlarse de los gordos. Indignación que da para, incluso, reflexionar sobre el humor; para que se nos diga que otros humoristas, ella no, sí son ejemplo de buen humor.

Lejos de atacar esa crítica –tan honesta y reflexiva, sin duda alguna–, el punto es el de señalar, a manera de ejemplo, que tal vez quien la hace no percibe el despropósito de su análisis. Dividir al país entre buenos y malos, elogiar a unos y satanizar a otros, constituye un discurso moralista que resulta sano cuestionar. Bien sabía Russell que el cinismo no se enfrenta con la simple prédica ni defendiendo ideales mejores que los desgastados; bien sabía él que, así, se fortalece el cinismo.

Tal vez ya resulte anacrónico invitar a las personas a protestar, a tomar partido por una causa justa, a hacer valer sus derechos. Tal vez la única forma de contrarrestar la indignación mediática sea el cansancio mismo de los indignados. Las innumerables injusticias son y serán, como lo han sido siempre, producto de nuestra propia estupidez. No será, entonces, esa indignación, sino la necesidad misma la que nos obligue a cambiar. Porque algo bueno sí tiene la indignación mediática –ese estado de alarma permanente, hasta por tonterías–: engendra cinismo, momento necesario para adquirir la madurez intelectual y moral que, por supuesto, no tenemos.

P.D. Tanta indignación con el Congreso, para que –incluso algunos indignados– nos vengan a decir hoy que el Referendo de Revocatoria es inútil, porque debe ser aprobado por el Congreso mismo. ¡Tanto inútil!

@Julian_Cubillos 

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