Por: Santiago Gamboa

Nuestro periodismo literario

HACE POCO, EN UNA CHARLA CON periodistas mexicanos, tuve una experiencia aleccionadora sobre nuestro periodismo literario nacional.

HACE POCO, EN UNA CHARLA CON periodistas mexicanos, tuve una experiencia aleccionadora sobre nuestro periodismo literario nacional. Me preguntaban por las principales publicaciones colombianas que se ocupan de literatura, es decir El Malpensante y Número, y de forma no convencional SoHo, y querían saber mi opinión sobre una serie de particulares que, por comparación, les parecía interesante debatir. Lo primero que me preguntaron, a boca jarro, fue si esas revistas se dedicaban, de forma explícita, a la defensa de un grupo de escritores y en contra de otro. Respondí con lo que creo que es la verdad -sin ser un especialista- y es no. No creo, sinceramente, que las revistas mencionadas privilegien a unos y condenen a otros, más allá de los evidentes gustos y cercanías de sus colaboradores, que en todo caso no representan una línea editorial. Me miraron incrédulos: ¿no existe, entonces, una revista cuyo único fin sea destruir, ningunear, atacar personalmente o mofarse de un grupo de escritores? Les dije que no, sorprendido a mi vez por su pregunta. Expliqué que, como era obvio, muchos escritores habíamos recibido críticas en las páginas de las revistas mencionadas, pero que se trataba de opiniones literarias que, aunque adversas, proponían un debate y en ningún caso un ataque personal. Se miraron sorprendidos. Entonces fui yo quien pasó a hacer preguntas: ¿y por qué debería existir algo así? Me dijeron, entrando ya en confianza, que en sus regiones lo más común era que alguien creara una revista literaria, se convirtiera en director o directora y, a continuación, se dedicara a atacar a los escritores de su generación, con la idea más o menos secreta -aunque obvia- de castigarlos por haberse atrevido a escribir y sobre todo a publicar, algo que ese director o directora jamás hará, no porque no quiera sino porque no lo hizo en su momento y fue dejando pasar el tiempo, aunque lo desea ardientemente, y por ello lo único que le dicta su subconsciente es golpear y golpear a quienes sí hicieron lo que nunca se atrevió a hacer.

Mientras los escuchaba apretaba mis dedos con nerviosismo: ¿en verdad existe semejante horror? Sí, me dijeron. Claro que sí. Y más. Este director o directora, como tampoco se atreve a hacer las cosas de forma directa y con la cara destapada, hace lo siguiente: al amparo de un par de firmas de prestigio, que nadie discutiría, recluta a una serie de idiotas útiles que hagan por él o ella ese trabajo destructor. Estos, por lo general almas jóvenes que no tienen nada concreto qué mostrar en su bagaje intelectual, más allá de su falta de escrúpulos a la hora de escupir e insultar, se sienten felices de tener un espacio para medrar. ¿En serio? No salía de mi asombro. Pero me dijeron: si esto te sorprende, hay aún más y peor. A veces se recoge del basurero a alguien con el preciso objetivo de tirar con manguera y vía internet toda la mierda que ya ni siquiera la revista se atreve a publicar. Pero en este punto les dije, lo siento, amigos, no puedo seguir escuchando. Y me sentí contento de nuestro periodismo literario que, por muchos desacuerdos, no tiene nada que ver con esto. Y toco madera.

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