Por: Juan Gabriel Vásquez

Nuestros fanatismos

En contra el fanatismo, una serie de tres conferencias que Amos Oz pronunció en Tubinga hace más de una década, encuentro estas palabras: “Con frecuencia, el culto a la personalidad, la idealización de líderes políticos y religiosos, la adoración de individuos seductores, bien pueden constituir otras formas extendidas de fanatismo”.

No he podido no pensar en ese fenómeno que ha producido nuestra desastrada política: el Uribe Centro Democrático. Durante los últimos años me he preguntado con frecuencia, y con creciente preocupación, si el uribismo no habrá derivado, después de varias etapas, en un movimiento fanático. El nuevo partido es —no hay más que verle el nombre— un culto a la personalidad de su líder tan grotesco que el concepto de caudillismo se le quedó pequeño hace tiempo. Hago estas constataciones sin apasionamiento, más bien movido por un genuino afán de entender: ¿qué ha pasado para que algunos políticos medianamente sensatos se hayan dejado arrastrar por ese hoyo negro que los convierte en ovejas o acólitos o marionetas, en meros engranajes desechables de un gigantesco mecanismo diseñado a la mayor gloria del caudillo? ¿Qué ha pasado para que una mayoría generosa de colombianos haya decidido olvidar o condonar los delitos probados, las groseras faltas éticas, la corrupción y la politiquería que han sido la biografía del movimiento desde sus inicios? ¿Habrá que buscar la respuesta en una visión fanática del mundo?

El nombre de un partido político puede ser una tradición vacía de contenido (Partido Liberal), una declaración de intenciones o de programa (Izquierda Republicana) o una contradicción en los términos (Partido Revolucionario Institucional); en los peores casos, el nombre de un partido es una puesta en escena de sus tendencias sectarias y supersticiosas (Aurora Dorada, que más parece el nombre de un libro de autoayuda). Pero ni siquiera los movimientos más personalistas —el de Le Pen en Francia, el de Hugo Chávez en Venezuela— han aceptado reducir la imagen y el discurso de todo un partido al breve nombre de su líder. El antiguo nombre de Centro Democrático ya me había parecido mentiroso, pues este movimiento no es de centro —todos sus pilares ideológicos son los de la derecha nacionalista más tradicional— y sólo es parcialmente democrático: en el sentido de acogerse a las leyes electorales de la República. Por lo demás, pregona y defiende y explota lo mismo que han explotado y defendido y pregonado todas las encarnaciones del fanatismo político que nos han permitido observar las últimas décadas: la preeminencia de la opinión o el sentimiento sobre la ley, la tiranía de las mayorías fuertes sobre las minorías débiles, el debilitamiento de las instituciones, la confusión de los poderes públicos, el desprecio de la diplomacia, el maniqueísmo, la retórica violenta, el mesianismo, la religión como fuente de derecho y la infantilización del electorado.

Más o menos al mismo tiempo que Uribe invocaba en su discurso reciente la “excusa del padre de familia que quiere que sus hijos sean mejores”, Maduro abría el Ministerio de la Felicidad. Los dos caudillos tratan a los votantes como se trata a los niños, les hablan como se habla a los niños. Y los niños, ya se sabe, tienen tendencia al fanatismo.

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