Por: Carolina Sanín

Nuestros hipopótamos

HACE TIEMPO VI UN DOCUMENTAL sobre la taxidermia en el que muchos de los entrevistados contaban que ellos mismos cazaban los animales que aspiraban a reproducir con su arte.

Desollaban la presa y luego cubrían con la piel un molde sintético que tenía la forma genérica del animal cazado. Añadían ojos de vidrio y quedaba listo el nuevo ejemplar. Pero los cazadores parecían creer que los animales que fabricaban eran los mismos que habían matado. Una y otra vez, decían que la taxidermia permitía que las presas “volvieran a vivir”.

La taxidermia es una metáfora saturada. La permuta de la vida por una apariencia de vida remite al círculo que describen la crueldad y la culpa. El hecho de que el cazador mate al animal para “pelarlo” hace pensar en un interrogatorio hasta el límite de lo posible, en la fantasía de desnudar al otro completamente. La frustración de no encontrar bajo la piel del cadáver más que carne se resuelve construyendo otro animal: uno que no tiene carne sino sólo piel; que exhibe, eternizada, la tentadora advertencia de que su secreto —su amenaza— no es desentrañable.

He recordado aquel documental porque, al dar la noticia de la muerte a balazos de uno de los hipopótamos que fueran de Pablo Escobar, los medios han hecho hincapié en que la piel del animal irá a parar en una “reconocida colección privada en Bogotá”, como si el público necesitara saber (o temer) que el signo del muerto pervivirá.

Los hipopótamos vivos, al sol en el Magdalena, han sido durante años una metáfora de su amo. Después de la muerte de éste, se han reproducido libremente, como reflejando lo que ha sucedido con los personajes que se multiplicaron a partir del molde del capo para merodear por aquellos mismos valles y por el país entero. El hipopótamo muerto también tiene a su amo como referente. En la foto de los quince soldados que posaron contentos con el cadáver, parece como si “las fuerzas del orden” (que llaman al animal, en los documentos que han emitido, “el individuo”) hubieran repetido el rito de la muerte de Escobar en un cuerpo enorme, descuajado, similar al de él, como para convencerse, ante la evidencia política de lo contrario, de que la victoria sobre el criminal tuvo efectivamente lugar.

 Por otra parte, los argumentos que dieron las autoridades para justificar la cacería hacen que el caso del hipopótamo sea representativo de la manera como los colombianos somos gobernados. Al decir que había que matar al animal “para proteger el medio ambiente”, las autoridades imitan la retórica que justifica el desguace de la democracia para proteger la “seguridad democrática”. Al decir que “los hipopótamos son transmisores de enfermedades”, ignorando que cualquier animal puede serlo, se reproduce el sentimiento que subyace al uso de indigentes y drogadictos como trofeos de caza del Ejército. Al decir que el sacrificio era inevitable pues es demasiado costoso mantener un hipopótamo, se remeda la justificación que se dio recientemente para no reconocer a las víctimas de la guerra sus justas reparaciones.

Finalmente, la “privatización” del hipopótamo que no era de nadie es un indicio de lo que ocurre con la política social en Colombia. Si el “reconocido coleccionista” u otro próspero empresario nacional hubiera pagado el traslado del animal vivo a un lugar seguro en lugar de interesarse por aumentar su funesto mobiliario, habría un hipopótamo salvado. Ese animal sería el signo de una sociedad viva y coherente y no de nuestra sociedad de cazadores y cazados, de despellejados: de este país que sólo sabe repararse como repara sus presas el taxidermista.

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