Por: Luis Felipe Henao

Nuestros Notre Dame

Esta semana fuimos testigos de una de las imágenes más tristes de los últimos tiempos. La catedral de Notre Dame se quemaba ante los ojos atónitos de la humanidad. Todos vimos en vivo y en directo cómo uno de los principales patrimonios creados por los seres humanos ardía pese a los esfuerzos de los franceses, quienes, tal como nos sucede a los colombianos, valoramos más nuestros monumentos en la tragedia que en su esplendor.

Colombia es uno de los países con mayor patrimonio histórico de América. Los centros históricos de Popayán, Mompox, Cartagena, Villa de Leiva, Barichara, Santa Fe de Antioquia y la Candelaria son joyas arquitectónicas destacadas a nivel internacional por sus contraste de estilos y belleza artística. Al lado de estos lugares también poseemos tesoros como Tierradentro, San Agustín y Ciudad Perdida, que son visitados anualmente por turistas que quedan maravillados por su majestuosidad. Paradójicamente, pareciera que los extranjeros valoraran más nuestro patrimonio que los propios colombianos. Se les ve absortos visitandos nuestras catedrales, cascos históricos y reliquias ancestrales, mientras muchos colombianos ni siquiera las conocemos. En la actualidad es frecuente verlos en hostales de la Candelaria, en buses adentrándose en las profundidades del Huila o en las bellas fincas del Eje Cafetero.

En Colombia también hemos vivido la tragedia de perder nuestro patrimonio. En 1983 nuestro país vivió el mayor reto de conservación y restauración que fue el devastador terremoto que destruyó gran parte del casco histórico de Popayán. La ciudad blanca sufrió como ninguna con el derrumbe de muchos de los techos de sus iglesias más emblemáticas y en ese momento los payaneses con el apoyo del Gobierno fueron capaces de reconstruirlos.

La moraleja de estas historias es que pareciera que los colombianos solamente valoramos nuestro patrimonio cuando estamos a punto de perderlo. La tradicional frase de nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde tiene un particular sentido para los colombianos, quienes nos acordamos de nuestras maravillas solo cuando sufren una trajedia devastadora. Pareciera que son esos momentos difíciles los que nos unen y nos hacen entender la riqueza de nuestro país y a su vez de lo que somos capaces para superar la tragedia.

Sin embargo, no debemos esperar que la devastación ocurra para preservar nuestro pasado. Los europeos entendieron el valor de sus monumentos hace siglos, pero muy especialmente después de las dos guerras mundiales que tuvieron que padecer. Gran parte de Alemania fue destruida por los bombadeos y pese a las dificultades de la posguerra los alemanes entendieron la necesidad de reconstruir su pasado para construir su futuro. Colombia tiene mucho por preservar. Tristemente se ve como en nuestras grandes cuidades muchas casas centenarias son demolidas para construir edificios o se ven plagadas de publicidad o de grafitis, reduciéndose cada vez más nuestros los cascos históricos. La preservación no solo es una responsabilidad de las administraciones locales es una labor de todos los ciudadanos.

PD. Ojalá Colombia avance y tenga la conciencia que no existen niños de las Farc, existen ciudadanos que no merecen ser discriminados, sujetos de derechos y de protección, cada muerte es un fracaso de nuestro país y de sus dirigentes.

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