Por: Piedad Bonnett

Nuestros pueblos

Una de las ventajas que tiene un país en paz es que puede incrementar su turismo y atraer mayores divisas.

Es algo de lo que disfruta cada vez más, por ejemplo, Ecuador, que ha mejorado enormemente su infraestructura vial y que posee ciudades hermosas como Cuenca, a la que han venido a asentarse muchos europeos. Ese es un sueño que podría albergar Colombia y que poco a poco podríamos ir consiguiendo, siempre y cuando se trate de un turismo sostenible y no de hordas destructoras de nuestras playas, de nuestras montañas y de la calidad de vida de los lugareños.

Algunos avances se han hecho en los últimos años, pero es mucho lo que falta por hacer. Primero, porque años y años de guerra e inseguridad en campos y carreteras nos robaron el paisaje a nosotros y a nuestros hijos. Zonas enteras de nuestra geografía nos han sido vedadas por temor al secuestro o a otras acciones de los actores armados del conflicto. La inseguridad provocada por la delincuencia común es otra razón que desestimula al viajero. Recordemos, por ejemplo, que en diciembre pasado mataron, a la entrada de Flandes, Tolima, a César Criollo, un amante de la bicicleta, por robársela. Y que en marzo pasado, por el mismo motivo, asesinaron al arquitecto de 42 años Steven Heller en San Francisco de Sales, Cundinamarca, a donde iba de paseo con su novia. Y que la extorsión y el robo han ahuyentado a pequeños empresarios de hoteles de muchos lugares hermosos.

La seguridad, pues, es condición importante para el turismo, pero hay más. Si bien algunos de nuestros pueblos —Barichara, Salamina, Villa de Leyva, Santa Fe de Antioquia, Salento— son destino turístico, hay muchos otros que podrían serlo y no lo son porque no existen las condiciones. Con un agravante: se vienen transformando aceleradamente en nombre de un “progreso” cuya consigna es la destrucción. Las bellas casas antiguas se derrumban o se compartimentan, y puertas y ventanas de madera se reemplazan por metal. A veces, buscando un pintoresquismo que atraiga, se fomentan los colorinches en las fachadas, que nada tienen que ver con las tradiciones locales. Dan ganas de llorar. Los gobiernos locales, muchos de ellos corruptos, tumban los árboles para dar paso al cemento, no preservan el patrimonio arquitectónico y no controlan la polución ambiental. En algunos de los pueblos quindianos he visto obstruida la vista de las hermosas fachadas con tenderetes ubicados en las aceras, que se acompañan de música a todo volumen, distinta en cada expendio. Y, por otra parte, las carreteras menores, una buena opción para que el visitante conozca, suelen ser un desastre.

Creo que estamos en mora de adelantar una campaña de recuperación de nuestros pueblos. Capacitación y concientización son dos tareas que le corresponden al ministerio encargado: para que las cocinas locales se potencien, para que el servicio hotelero se refine y se amplíe, y para que los habitantes de los pueblos descubran, desde la escuela, cuáles son sus tesoros patrimoniales y los cuiden.

Adenda: entre los muchos excelentes invitados a la Filbo está John Banville, uno de los mejores narradores vivos, potencial premio nobel. Se los recomiendo.

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