Por: Eduardo Barajas Sandoval

Nueva clase de rechazados

La gente no está molesta con los veinte jefes de estado y de gobierno que se reúnen en Londres en nombre de los países más ricos del mundo, sino con los abusadores del sistema financiero que han llevado a la primera gran crisis del nuevo milenio.

Las protestas de Londres, de las cuales no se tienen muchas imágenes en cuanto los periodistas han sido mantenidos a distancia, no son hechos aislados ni forman parte simplemente de la tradicional aparición de uno que otro resentido que quiere llamar la atención. El fenómeno en realidad forma parte de una secuencia que, aunque no muchos lo hayan advertido, tuvo ya antecedentes en Francia, con motivo de los desórdenes de los suburbios, protagonizados por inmigrantes marginalizados, y por los hechos violentos de Atenas, que con la disculpa de protestar por la muerte de un estudiante resultaron atacando bancos y otros símbolos del orden económico contemporáneo.

En el seno de la propia capital británica, las demostraciones convocan a muchos de aquellos que participaron en las enormes demostraciones de repudio a la invasión de Irak por parte de los Estados Unidos y unos aliados advenedizos, bajo el modelo de acción preventiva de la administración de George Bush. La protesta de ahora reviste, no obstante, unas características peculiares que la hacen diferente y digna de particular atención, así los resultados de la cumbre lleguen a eclipsar cualquier otra noticia y los incidentes queden apenas en el registro de las páginas de policía.

Sin perjuicio de lo repudiable que puede ser el uso de métodos que de alguna manera tengan significado violento, es preciso reconocer la ampliación del espectro social de los participantes, así como la de los temas objeto de protesta y la originalidad y la carga de valores simbólicos que la caracterizan. Como es natural, a la calle han salido los tradicionales opositores al sistema capitalista y los soñadores de paraísos que no han podido ser. Lo que es interesante es observar cómo en esta oportunidad les acompañan ciudadanos que se ven impelidos a reaccionar por causas propias, como la pérdida del empleo o los engaños financieros de los que han sido víctimas, sea directamente o por el hecho de tener que pagar las consecuencias de malos manejos de empresarios que defraudaron la confianza pública.

Representaciones de los jinetes del Apocalipsis, de las maldades de la guerra, del cambio climático, de los delitos financieros y de la opresión ciudadana por parte de inventores de sofisticados productos mercantiles de economía ficción  que ha llevado a muchos a la ruina, se han unido para protestar por los abusos y por su indefensión. Por eso no están allí solamente los marginados de siempre, sino una nueva clase de rechazados que se suman a un movimiento en el que convergen con todo aquel que quiera protestar contra el hambre en medio de la abundancia, contra la pobreza en un mundo lleno de desigualdades, contra la prédica democrática no respaldada en hechos y contra el deterioro de las condiciones de la vida y los recursos naturales del planeta al ritmo desordenado de un progreso excluyente que sólo aumenta los desequilibrios al interior de la especie humana, con desprecio por las demás.

Los destinatarios principales de la protesta son aquellos banqueros irresponsables que no se comportaron, como les correspondía, como promotores del progreso sino como agentes de la explotación y abusadores de sus privilegios. Pero esto es apenas la manifestación coyuntural de cuestionamientos más profundos y permanentes a la creciente vejación de la condición humana, al ejercicio económico fundamentado en ficciones, a la acción política alejada de consideraciones humanitarias y a la precaria calidad de los gobiernos.

Porque de las responsabilidades por la crisis no se pueden escapar los gobernantes y jefes políticos que permitieron un ambiente de relajación y entrega a los promotores de fenómenos económicos que degeneraron en una catástrofe por la cual ahora los gobiernos convocan a la gente del común a ver cómo los recursos públicos, es decir los de la comunidad, tienen que ser gastados en medidas de rescate a favor de los irresponsables, para que las cosas no sean aún peores.

El fenómeno de protesta será creciente, mientras no haya mejoras ostensibles para la gente del común. No demoran en aparecer los intérpretes que le reconozcan validez y se espera que surjan propuestas que permitan abrir nuevamente espacios para la sana regulación dentro del libre mercado, la defensa del interés colectivo, la exigencia de responsabilidades a financistas y gobernantes, la supervivencia de valores de comportamiento cívico que eleven la condición de cada sociedad e impulsen el avance hacia consideraciones empresariales y laborales más humanas. De manera que se cierre ese tremendo episodio de abusos del modelo económico triunfante al terminar el Siglo XX, cuyos peligros fueron objeto de predicciones hace mucho tiempo y que nadie, más que de palabra, trató de evitar.

edubaras@yahoo.com

 

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