Ángela María Robledo: ¿por qué el Consejo de Estado le quitó la curul en la Cámara?

hace 12 horas
Por: Hernando Gómez Buendía

La nueva guerra mundial

Las guerras grandes no las ganan los soldados. Las ganan los científicos.

Esta fue la lección que sacó Roosevelt, y es el secreto de Estados Unidos: ser el país que invierte más en ciencia “pura” y que por eso tiene las armas más sofisticadas. Rusia no pudo mantenerle el ritmo, China apenas está comenzando, y hoy no hay ningún Estado que pueda entrar en guerra con Estados Unidos.

Pero las guerras necesitan soldados, y este es el punto flaco de los países ricos. Primero Europa, que se encogió bajo el paraguas de la OTAN porque sus jóvenes se niegan al servicio militar. Luego Estados Unidos, donde el conteo de cadáveres se volvió insostenible a partir de la guerra de Vietnam (y así los inmigrantes siguieran alquilándose para tener acceso a la ciudadanía).

Es una guerra extraña la que queda. No una guerra entre Estados sino entre “civilizaciones”, no un choque entre soldados sino entre armas a distancia y milicianos revueltos con civiles. No es ni siquiera la guerra de Bush contra Hussein, es la de Obama y sus drones contra los terroristas presuntos o confesos.

Una guerra más asimétrica que cuantas antes conoció la especie humana: tecnologías inverosímiles e impersonales contra fanáticos arrinconados y desesperados. Y además asimétrica porque los medios no pueden ver sino media verdad: la verdad por supuesto de los 137 parisinos o los 14 norteamericanos indefensos que fueron masacrados en San Bernardino. Pero deja sin ver las 2.400 muertes “colaterales” de los drones, los por lo menos 210.000 civiles muertos por las bombas aliadas en Irak y Afganistán, los 500.000 niños que según Harvard perecieron a causa del bloqueo, los 3,5 millones de cadáveres en guerras orquestadas desde afuera, la seguidilla de gobiernos asesinos que por cuenta de Inglaterra, Francia, Rusia y Estados Unidos han padecido casi todos los países musulmanes, la creación y continua expansión de Israel, la invasión repetida de petro-territorios, la invención de países y fronteras imposibles al acabarse la Primera Guerra, el reparto colonial entre Inglaterra y Francia, la imposición de minorías religiosas que gobiernan por voluntad de Occidente, y de supuestos Estados-nacionales en un mundo que se autodefinía como imperio o como califato.

Siglos de humillación y de derrota que al fin desembocaron en la mezcla imbatible que hoy aterra a Occidente: el miliciano dispuesto a suicidarse, la lectura sanguinaria del Corán, los musulmanes residentes y excluidos que son el 7,5% de la población francesa, el 4,8% de la inglesa o más de 3 millones en Estados Unidos, el Internet. Y el martilleo de la derecha y de los medios que presentan a las víctimas como los victimarios.

Guerra asimétrica donde los terroristas serán más arrinconados, pero las democracias no podrán ganar adentro sin dejar de serlo, ni ganar afuera porque las religiones no se bombardean. Asimétrica porque las muertes de un lado se cuentan por decenas y las de otro lado se cuentan por millares. Y asimétrica porque unos muertos valen tanto menos que otros muertos.

* Director de Razón Pública.

 

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