Por: Eduardo Barajas Sandoval

¿Nueva Pax Otomana?

Como la geografía no cambia con la misma facilidad que la política, es explicable que potencias de otras épocas vuelvan a jugar con ésta última en los escenarios que les son familiares, para conseguir un orden que resulte favorable a sus intereses de hoy.

Turquía, como potencia regional, se ha visto obligada a prepararse para actuar por su cuenta en el doloroso proceso contemporáneo de Siria, ante la impotencia de las Naciones Unidas, que no desaprovechan ocasión para demostrar su ineptitud.

Mientras se desdibuja el poder que a lo largo de varias décadas ostentaron los Estados Unidos en el Oriente Medio, y ante la presión que ejerce Irán por obtener beneficios sobre la base de esa decadencia, Turquía pareciera llamada a desarrollar nuevamente iniciativas en una región en la que por varios Siglos tuvo una influencia definitiva.

La respuesta turca a las consecuencias fatales de un bombardeo, deliberado o no, que mató a varios de sus ciudadanos en la región limítrofe con Siria, se convierte en la primera reacción clara y contundente de alguna potencia distinta de las que se conforman con la condena verbal ante la impunidad con la que el gobierno de Bashar al Asad ha manejado, a sangre y fuego, la rebelión de su propio pueblo en busca de su salida del poder.

La posicion clara y firme de Turquía ante el desarrollo del conflicto interno sirio, esto es la movilización de fuerzas hacia la frontera y la advertencia de penetrar en el territorio de su vecina para destruir instalaciones militares cuando lo considere necesario para su seguridad nacional, no solo le permiten avanzar en la defensa de sus intereses nacionales, sino que le dan varias ventajas en el escenario regional y en el contexto internacional.

La iniciativa deja de largo la posición rusa de esperar a la redacción de la resolución ideal para el tratamiento efectivo del problema. Bien es sabido que Rusia se ha opuesto a la intervención en Siria no solamente porque tiene intereses de diferente índole en ese país, sino porque recientes experiencias le han puesto en alerta sobre las consecuencias lamentables que puede tener el instrumento de una resolución del Consejo de Seguridad en manos de gobiernos que le dan la interpretación y el uso que quieren, como sucedió hace poco en Libia.

La posición rusa, de principios o de intereses, quedaría relegada todavía más a la inutilidad si en algún momento Turquía se ve obligada a actuar. Caso en el cual estaríamos ante una evidencia de la desconfiguración del orden institucional del mundo ante el empuje de nuevas potencias. Al menos alguien hace algo, o está dispuesto a ir más allá del discurso, de manera que no se queda en las proclamas de los gobiernos occidentales, que pecan por prudencia, por pereza o por debilidad, tal vez porque se debaten en contradiccines internas interminables, o porque recuerdan lo mal que les ha ido en sus intervenciones recientes en la región.

Lo cierto es que el surgimiento de Turquía, en los términos de su actitud hacia Siria, como una potencia regional en un escenario de gran significación mundial, plantea un interesante reto para la diplomacia y para las instituciones internacionales. Tarde o temprano sus principales protagonistas de hoy tendrán que reconocer que las Naciones Unidas deben sufrir una metamorfosis que les permita servir de algo en el contexto de un mundo que es ya muy diferente de aquel de la época inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Si dicha metamorfosis no se produce, la proliferación de potencias que no tienen porqué pedir permiso para actuar, puede llevar a un orden mucho más precario que el actual.

 

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