Por: Eduardo Barajas Sandoval

Nueva versión del pasado

Los partidos políticos, y más los de cierta edad, tienen su propio talante; su forma de gobernar se caracteriza por un estilo que los electores identifican con facilidad, salvo que se trate de una de esas coaliciones de ocasión en las que casi todos entran por conveniencia pero pocos se comprometen, y que por lo general terminan en una desbandada de sálvese quien pueda a la hora de las dificultades.

Quienes hayan pensado, hace doce años, que el Partido Revolucionario Institucional de México, al perder el poder luego de más de siete décadas desaparecería para siempre del escenario, estaban equivocados. Si bien es cierto que el viejo partido salía del palacio de los presidentes, sus raíces habían llegado tan hondo en la vida nacional que mal podría pensarse en su verdadera desaparición.

Aunque en el discurso de campaña se haya dicho todo lo contrario, el triunfo del PRI en las elecciones presidenciales de este domingo, con su candidato de película, significa para muchos mexicanos un retorno al pasado, y las viejas ejecutorias del partido pudieron jugar un papel importante a la hora de votar, motivando a unos cuantos más que las promesas de una nueva cosecha.

La presencia y el estilo del Partido llegaron a ser tan características y marcaron de tal manera el Siglo XX mexicano, que resulta muy difícil creer que su retorno al poder no signifique un regreso al pasado. Otra cosa es que la travesía de unos cuantos años por fuera de su tradicional hábitat de la burocracia y sin tener en sus manos las decisiones que le llevaron a la vez al dominio y a la ruina, sirva a hora para hacer un ejercicio diferente. Algo que sería loable, pero que será difícil en la medida que está por verse si en el México profundo se tiene la misma noción de cambio que anima a los nuevos jefes en el Distrito Federal.
La vieja guardia está en todo caso de regreso. Lo supo hacer.

No desapareció para siempre, como tantos hubieran querido. Solo que lo hace en circunstancias mucho más difíciles que antes. En primer lugar, una vez más el combativo perdedor, Andrés Manuel López Obrador, no se resigna y espera, como lo hizo en la anterior elección, al conteo y la revisión del último voto para reconocer el resultado. Pero eso sería lo de menos, porque lo grave son los retos que le esperan a un partido que en alguna medida ha sido señalado como generador de muchos de los males de hoy.

Culpable o no de haber permitido en su momento la generación de las dificultades actuales, el PRI de nuevo en el gobierno tiene el compromiso de plantear soluciones a problemas gravísimos, como el de la inseguridad, ligado al de la acción arrolladora de los carteles de las drogas ilícitas que desafían abiertamente la soberanía del Estado, la corrupción, la desigualdad social y el desempleo, a pesar de una delicada sofisticación en el manejo económico, que le apuesta más al crecimiento que a la equidad.

No será fácil para los mexicanos, aparte de los acordes del discurso y de ciertas actitudes frente a los poderes económicos, distinguir a la larga entre un gobierno y otro, porque los problemas más graves que enfrenta el país no tienen color político ni es fácil distinguir entre la oferta de uno u otro candidato a la hora de tratarlos. Quien quiera que llegue tiene la responsabilidad de actuar, pero las diferencias entre las opciones son mucho menores que entre las intenciones.

Tal vez existe, eso sí, una ventaja a favor del PRI, y es la de la experiencia. Porque no en vano ha transitado por altibajos de los caminos del ejercicio del poder. Y ya se sabe cómo es de caro para un país el tener que darles espera a gobernantes que llegan al ejecutivo sin haber hecho el curso completo de un ascenso cuidadoso que les provea de elementos para gobernar mejor. Y eso es lo que de pronto puede servir a los mexicanos, que se merecen un gobierno capaz de liderar adecuadamente a la más grande nación de habla hispana, cuyo destino nos debe importar como el propio.  

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