Por: Santiago Gamboa

Nueva York, martinis, poetas

A PESAR DE HABER ESTADO YA EN VArias ocasiones, jamás he logrado tener familiaridad con Nueva York —ni con ningún otro lugar de Estados Unidos—, y tal vez por eso, cuando la evoco, sigue siendo más fuerte su extraordinaria imagen literaria y cinematográfica que la de mi experiencia. Esto ha sido siempre así, aunque después de mi última visita, hace algunas semanas, algo empezó a cambiar. Permítanme que les cuente una historia.

Precisamente por no tener familiaridad —y pocos amigos—, lo que hice al llegar a Nueva York y tener algo de tiempo libre fue buscar referencias literarias, y así llegué al hotel The Algonquin, de la mano de Dorothy Parker, quien escribió allí este poema: “Me gusta beber un Martini, / dos como máximo. / Después del tercero estoy debajo de la mesa, /después del cuarto debajo de mi anfitrión”. Así pues, en uno de sus legendarios bares me tomé los Martinis rituales, sólo dos —cada uno a 19 dólares—, ¡y qué Martinis!

Luego me fui a darle gusto a otro de los placeres de la vida, que es mirar libros viejos, de segunda, y para eso, según me dijeron, lo mejor es la librería Strand (el San Librario de Nueva York). Antes de entrar, sobre el andén, vi decenas de cajas de libros al precio de un dólar, sin duda los de menor valor, y mirando aquí y allá encontré unos poemas de Catulo traducidos al inglés, una edición bastante banal, Grove Press, 1956, que me recordó mis esforzados estudios de latín, y empecé a leer al azar, con la idea de recordar alguno, cuando, de repente, apareció algo, una hoja suelta doblada en cuatro dentro del libro, así que la abrí y, sorprendido, encontré un texto mecanografiado, era un poema, “Para Ann”, firmado a máquina por una tal Marya Gregory, y de nuevo firmado a mano con el nombre de Marya Zaturenska, y fechado en 1956.

El poema era una elegía a una amiga, Ann, probablemente para su cumpleaños, y estaba en el libro de Catulo —lo vi de inmediato— porque el traductor era Horace Gregory, marido de Marya Zaturenska, lo que me llevó a concluir que esa misma noche de 1956 los Gregory, Marya y Horace, llevaron cada uno un regalo, él su libro de traducciones y ella una elegía, escrita a propósito para la ocasión, que Ann sin duda leyó al recibir, puede que incluso en voz alta, y luego guardó en medio de las páginas del libro. Debajo del poema, en la misma hoja, hay una anotación a mano que dice: “Los Gregorys, Marya y Horace, donde Ann y mis buenos amigos”. Por supuesto compré el libro (con su valioso tesoro), y ya en mi hotel, investigando, supe que Marya Zaturenska era una poetisa neoyorquina célebre en esos años, amiga y compañera de militancia de Dorothy Parker. Y más tarde, con otro Martini, no me pareció imposible que uno de los mencionados “buenos amigos” del cumpleaños fuera la misma Dorothy Parker y, por qué no, que esa fiesta, en 1956, fuera en el hotel The Algonquin, donde estuve en la tarde, una fiesta a la que llegué, si se me permite, con 55 años de retraso y sin haber sido invitado, gracias a un extraño hallazgo en un libro. Pero, ¿quién es la misteriosa Ann del poema? Bueno, para saberlo habrá que escribir algo más largo.

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