¿Nuevas ciudadanías?

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Decía el profesor Luis Carlos Sáchica que Colombia es más partidos políticos que Estado, y ese ha sido un rasgo de nuestra historia política que se mantiene hasta hoy, para bien y para mal.

Si se mira en la historia, como bien lo muestra Leal Buitrago (Estado y política en Colombia), los partidos políticos fueron fundamentales en el desarrollo de la nación. Las guerras civiles del siglo XIX, incluida la de los Mil Días, y luego la Violencia y, cómo no, el Frente Nacional han tenido como actores de primera línea a los partidos Liberal y Conservador. Somos lo que somos y no somos como nación lo que de alguna forma han querido los partidos Liberal y Conservador.

Con la Constitución de 1991, la cual surge a partir de un movimiento ciudadano, el movimiento estudiantil de la llamada Séptima Papeleta, las reglas de juego cambiaron para que la sociedad se expresara a través de otros partidos y de otras instituciones. En ese nuevo pacto político se dio aire a los movimientos sociales, a los de mujeres, jóvenes, indígenas, afros, campesinos, entre otros. Si bien esos llamados partidos tradicionales sobreviven de la mano del presupuesto estatal —no de la doctrina ni de la coherencia ideológica— y se han desdoblado en varias etiquetas (Cambio, la U, Centro Democrático, Opción Ciudadana), hoy hay más actores en la escena política, incluyendo el nuevo partido minoritario de la FARC. La composición del actual Congreso de la República así lo indica

Todavía falta tiempo para que el Estado deje de ser sólo lo que los partidos políticos quieran. El poder presidencial sigue sustentándose en esa fuerza partidista, y el pacto de gobernabilidad entre Ejecutivo y Congreso, y entre poder nacional y poderes locales, lo refuerzan. Pero hay señales de que esto puede estar cambiando.

Los votos en favor de la consulta anticorrupción pueden ser una buena señal de nuevas formas de expresión ciudadana y de representación política. Aunque, a decir verdad, allí hubo de todo, y por eso ningún político puede apropiárselos como suyos. Pero si se mira bien, esa consulta es de alguna manera un referendo contra la clase política, una forma de decir que no es posible que el país solo se construya a golpe de politiquería y transacciones sobre la mesa. Quien entienda esto, consolide una agenda ciudadana —obviamente política— y logre aglutinar sobre unos consensos mínimos una plataforma de cara a las elecciones locales y luego para el 2022 cambiará la matriz política para siempre, pero es necesario pasar de los triunfos morales a los triunfos políticos.

La consulta fue un hecho político importante que hay que saber capitalizar y trabajar a largo plazo, más allá de su desarrollo en agenda legislativa y de las propuestas de política pública que deban diseñarse. Constituye una ventana de oportunidad para esas nuevas ciudadanías, las que el domingo sacaron más votos que el presidente Duque, uno de los últimos representantes del viejo país.

Coletilla. Si el presidente Iván Duque quiere enviar un mensaje claro frente a la corrupción debería reconsiderar el nombramiento de Alejandro Ordóñez como embajador ante la OEA, pues su elección como procurador fue anulada por el Consejo de Estado como consecuencia de prácticas corruptas. Pero además, porque su visión retrógrada de la democracia y de los derechos humanos es incompatible con una representación ante un organismo que se sustenta precisamente en la defensa de esos principios.

@cuervoji

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