Por: VICE

Nueve puntos en contra de la columna sobre acoso de Antonio Caballero

Por Nathalia Guerrero Duque*

Diseccioné la última columna de Caballero para debatirle, una a una, las razones por las cuales él cree lo que cree del acoso.

No sorprende que alguien como Antonio Caballero publique, como lo hizo este domingo en su habitual columna de Semana, un texto justificando el acoso sexual contra las mujeres. No sorprende por su estatus socioeconómico, su raza, el poder que tiene. Y porque es hombre. 

Defendiendo actos como los que están denunciando de Donald Trump, Caballero deja su punto claro: este tipo de manifestaciones no son reprochables, no son abuso o acoso, sino llana grosería y vulgaridad. Y, además, hay un sector de la sociedad, "mujeres repentinamente quejosas", como él las llama, que están exagerando mucho con el tema.

Toda la columna es una narrativa lógica: la de un hombre poderoso que habla sobre una problemática que nunca le ha tocado. Y desde esa posición es muy fácil. Por eso decidí subrayar los nueve puntos principales en los que discrepo del columnista, explicando por qué. 

Yo me uno a la indignación que ha causado en redes sociales la columna, pero también digo que no le pidamos peras al olmo. Caballero hablando de acoso en contra de las mujeres es como si María Jimena Dussan hablara del uso de corbata obligatoria en la oficina. 

Los hombres de esta sociedad opinan, deciden y legislan por nosotras. 

1. “¿Y no saben cómo no darlo estas mujeres a quienes se lo piden de tan tosca manera?”.

Cómo se nota que estos cuestionamientos, tan lógicos para alguien como Caballero, vienen desde una posición de privilegio, un término clave si queremos hablar sobre la poca comprensión que tienen tantos hombres sobre la lucha feminista. Y el de Caballero no es cualquier privilegio. Es el privilegio de alguien que no solo es hombre, sino que es blanco, de origen aristócrata y, aparte de eso, con poder. No probablemente del poder que él tanto ha criticado durante años: un poder que a él debe resultarle invisible por el hecho de ostentarlo: está en la cúspide de los columnistas de opinión de este país. Desde hace treinta años. O más. 

Para Caballero es inconcebible que una mujer se niegue a "darlo", porque él, como hombre de poder, nunca ha estado en una posición de subordinación o inferioridad, en que la persona que tiene en frente "pidiéndoselo" sea, por ejemplo, el jefe del que depende su trabajo (y con ello la carrera que ha construido, o el sustento de su familia); y eso, cuando se trata de subordinación y no de un acto a la fuerza, como un asaltante cuando viola a una mujer, o un extraño agarrándole el culo a una vieja en la calle. 

Yo invitaría al señor Caballero a desmontarse de su privilegio y ponerse en los zapatos de una mujer, una mujer en un mundo de hombres, hecho para los hombres. Quizá así no le parezca tan circunstancial lo que él llama "vulgaridad".

2. “Hay que estar muy enfermo o hay que ser muy idiota para exaltarse así con estas cosas”.

Yo pienso que no. Yo pienso más bien que hay que ser muy idiota para no darse cuenta de la relación causal que tienen este tipo de manifestaciones, las que él llama apenas "vulgares" con las violaciones y los feminicidios. Como le he explicado tantas veces a tanta gente: el acoso y el abuso sexual son los puntos de partida para sistematizar actos tan graves como la violencia doméstica, la violación, o incluso el feminicidio. El que acosa en la calle no necesariamente va a violar. Pero sí permite la supervivencia de un sistema que irrespeta a la mujer: que la vuelve objeto. 

En cuanto uno normalice estos comportamientos, cualquiera puede correr para adelante la cerca de lo que está permitido socialmente respecto a la interacción entre hombres y mujeres en este caso.

3. “Dieciséis mujeres, y ya deben ser más, están acusando a Donald Trump de abusos sexuales porque alguna vez les tocó el culo o les pellizcó una teta: grosería, sí, pero no hay que confundir la vulgaridad con el abuso sexual, que es una cosa grave”.

Una vulgaridad es decirle una grosería a la mamá, botar basura en la calle, no bajar la taza del baño ajeno. Pero irrumpir en el espacio personal de una mujer para accederla físicamente sin su consentimiento, no solo es acoso sexual, sino es la representación más básica de la problemática de la violencia contra la mujer. Cogerle el culo o pellizcarle la teta a una mujer por la calle simbolizan perfectamente esto: que los hombres pueden. Y que si lo hacen no serán juzgados: apenas los tildarán de indiscretos. 

Para Caballero al parecer, como para muchos otros, es normal que un tipo invada el espacio que ocupa una mujer, un ser al que seguramente considera inferior, para hacer uso de ellas y saciar los deseos que ellos tengan: cogerles el culo, agarrarles la vagina como hizo Donald Trump. Y de ahí para arriba: penetrarlas a la fuerza, matarlas. 

4. “No hay que equiparar un manoseo con una violación. ¿Van a tumbar al presidente de los Estados Unidos por haberse jactado de que muchas mujeres, al saberlo rico y famoso, se dejaban 'agarrar por el coño', lo cual sin duda es cierto? El presidente de los Estados Unidos merece ser destituido por motivos más importantes que la falta de decoro sexual: por genocidio, por ejemplo”. 

No me sorprende que a Caballero no le parezcan tan importantes las manifestaciones de violencia sexual contra la mujer. Tampoco me sorprende que no crea que esto sea motivo suficiente para destituirlo de su cargo. Si a Caballero no le parece que hay una relación, toda una línea lógica entre las manifestaciones de violencia sexual hasta llegar a la violación, es apenas obvio que considere esto un tema poco relevante, algo de lo cual los hombres no deberían encargarse. No aún.

5. “Porque en la escandalera actual nadie está hablando de verdaderas violaciones. 'Me pidió que le hiciera un masaje', se queja una actriz del productor de su película. Una secretaria denuncia a un ministro inglés porque le cogió la rodilla por debajo del mantel, sentados a la mesa. Una reina de belleza protesta porque un multimillonario le trató de dar a la fuerza un beso ¡en la boca! ¿En dónde, si no?”.

Es claro que para Caballero estas acusaciones solo serían válidas e importantes, como dice él, si se trataran de penetraciones a la fuerza o asesinatos. Todo lo que se baje de esa línea para él, no solo no es digno de discusión, sino que tampoco es reprochable. Pero sí lo es: las mujeres tienen derecho a quejarse. Sobre todo las que están en situación de inferioridad. Un hombre no debería pedirles masajes a sus empleadas.

6. “Pero no hay que exagerar. Proponer un masaje puede ser de mal gusto, pero no es una agresión sexual. Coger una rodilla por debajo de la mesa puede ser de mala educación, pero no es un acoso machista (ni feminista). Tratar de dar un beso en la boca sin haber sido invitado puede ser una impertinencia, pero no es un empalamiento. Palmotear una mano, echar una mirada libidinosa, no son actitudes criminales. Hay que guardar las proporciones. Eso es lo normal: como las danzas nupciales que hacen algunos pájaros”.

Yo creo que sí hay que exagerar, como decía él, por ejemplo, de los ambientalistas, de quienes alegó una vez haber dado en Colombia una lucha muy mansa. Por no exagerar con este tipo de situaciones es que la violencia sexual contra la mujer se ha normalizado con todas sus formas. Desde el acoso virtual hasta el callejero, pasando por la violación, el acoso universitario y el empalamiento. Si “exagerando” con estas dinámicas, como lo dice Caballero, seguimos siendo víctimas de feminicidios, violaciones masivas y botines de guerra, ¿cómo sería si no? Sigamos exagerando. Sigamos reprochando estos actos, estas invasiones y haciendo que personajes como Caballero se enfaden al respecto. Quizá haya otros que sí entiendan por qué es válido reprochar actos como los de Trump.

7. “Que eso sea lo habitual, dicen, lo normal, es justamente lo que agrava el asunto, porque revela la existencia de una cultura patriarcal y machista en la sociedad contemporánea. Sí. Pero lo que agrava el asunto es la confusión entre unas cosas y otras”.

Sí, no está bien confundir una violación con un acto de acoso sexual, ahí estoy de acuerdo. Pero está muy mal desligar la una de la otra, no entender la relación que hay entre ambas, no entender el acoso como causal que propicie la segunda. Van de la mano.

8. “Es malo confundir esas cosas con el verdadero abuso sexual, porque esa asimilación banaliza y disculpa este. Pretender que toda propuesta sexual es indecente, que toda insinuación sexual es inaceptable, que toda mirada de intención sexual es condenable, que todo piropo de índole sexual es criminal, conduce a la desaparición de las relaciones amorosas, y sí, sexuales, entre los varios sexos. Si así fuera, y para poner ejemplos locales, lejanos de Hollywood y de Washington, ni el exprocurador Alejandro Ordóñez hubiera tenido hijas, ni la candidata presidencial Claudia López hubiera tenido novias. Y no habrían nacido Tom y Jerry, los alegres retoños del expresidente Álvaro Uribe”.

Puede discutirse. Asumo que muchas de las dinámicas que eran "normales" en el cortejo entre hombres y mujeres en la época de Caballero hoy son consideradas acoso. ¿Dónde está la línea?

Creo que la línea la pone cada quien: a la final el consentimiento es lo que debe regir una relación entre dos personas. Y es una línea que uno no conoce al relacionarse con alguien: es por eso existe una zona gris entre lo que es considerado acoso y coqueteo.

Recuerdo una discusión que tuve con un compañero de trabajo, donde yo condenaba los piropos callejeros y él los defendía, alegando que así había conocido a la mamá de su hijo. Y es válido. Es válido que una mujer disfrute de un piropo en la calle, como es válido que haya personas que se sientan agredidas con esto, como yo. Pero como le decía yo a mi compañero: cuidar lo que dice el piropo no basta. Si un hombre sabe que este acto, como muchos otros, puede ser reprochados por muchas mujeres, ¿no es mejor ahorrarse la molestia?

9. “Si he sido crudo, pido excusas. No es un crimen”.

Antonio Caballero no es un criminal por decir esto. Es más: qué bueno que haya abierto el debate desde su tribuna. No tiene prontuario, ni conozco la manera en la que se relaciona con las mujeres, pero ciertamente no es un criminal por haber publicado esta columna. Sin embargo, el hecho de que, siendo una de las mayores influencias de la opinión pública en Colombia, este columnista publique este texto con esta postura, me parece irresponsable.Y no solo él, sino también Semana, como medio de comunicación, como afirma esta columna de Cerosetenta

¿Qué le van a hacer a Caballero por publicar un texto a favor de la violencia contra la mujer? Yo les digo: nada. Porque es un hombre, seguramente ni siquiera le harán un cuestionamiento. 

Pero a él, que se ha opuesto a todos los poderes concebibles que existen en este país, se le olvidó oponerse también al machismo, que a tantas de nosotras ha matado. Ojalá reflexione desde su silla poderosa. Nunca es tarde.

El Espectador reproduce esta columna de opinión en el marco de la alianza de medios con VICE. Vea el artículo original aquí.

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