Por: Cecilia Orozco Tascón

Nuevo contralor: pez en todas las aguas

A cinco días de que vayamos a las urnas para votar las propuestas de la consulta anticorrupción, la clase política nos ha brindado un espectáculo de la más hirsuta corrupción, durante el acto de elección del contralor general. Y no porque vayamos a demostrar que los 203 congresistas que eligieron a Felipe Córdoba recibieron tulas de dinero, como se concibe la compraventa de conciencias, sino por la demostración cínica de los partidos del poder, de la manera en que amalgaman sus intereses, borran los principios que pregonan  y olvidan las públicas objeciones éticas con que unos de sus miembros atacaban a otros, enfatizando el presunto abismo moral que habría entre ellos. Ahora, todos se funden en un gran abrazo de “triunfo” por haber  designado, para vigilar el destino de los dineros públicos de la Nación, a quien exhibe, como trofeo de vida, ser el mejor amigo de unos y, simultáneamente, el mejor amigo de los peores enemigos de los primeros, sin traicionar a ninguno.

No en vano Córdoba se sintió en la obligación de expresar su agradecimiento por haber sido elevado a uno de los más altos cargos del aparato estatal, tanto a Gaviria como a Pastrana y a Uribe, sin relegar a Vargas Lleras ni al conservador Omar Yepes Alzate, su suegro, excongresista de 30 años de asistencia al Capitolio, investigado por canjear votos por puestos en su tierra, una actividad nada extraña en su manejo electoral. Para fortuna del suegro del contralor, sin embargo, el Consejo de Estado le salvó su investidura gracias al concepto del entonces magistrado Alejandro Ordóñez.  Como se ve, la fotografía de los tres sonrientes padrinos expresidentes del contralor, con su mensaje gráfico de regreso al viejo país dominado por los gamonales de fierro en mano, es estrecha a la hora de explicar el “milagro” Córdoba: en justicia, habría que tomar una imagen más amplia en que cupieran, además de ellos tres, Vargas y Yepes, muchos más caciques que pusieron su empeño para que este joven cronológico conservara el clientelismo tradicional sin peligro alguno para su supervivencia.  El funcionario que deberá investigar y sancionar a los servidores públicos torcidos entra amarrado de pies y manos por el favor que le prodigaron los parlamentarios de la ultraderecha, la derecha, la centroderecha y la presunta centroizquierda liberal, cuando se burlaron descaradamente de la tal calificación de méritos elaborada por la Universidad Industrial de Santander cuyo prestigio también sale aporreado por prestarse al juego vulgar del Congreso que la contrató. 

Así, Córdoba resulta ser cercano al jefe de Cambio Radical que le consiguió su más reciente puesto en la dirección ejecutiva de la Federación de Departamentos, en donde era, hasta ayer, el subalterno de los gobernadores de quienes, de hoy en adelante, será su juez fiscal: bonita maroma. El contralor goza de cercanía, desde luego, con los conservadores de su suegro y, de ahí, para arriba; con los liberales de César Gaviria, pereirano como él. Y ni se diga, también afín al uribismo del que algunos comentaristas han dicho, tal vez por despistados, que salió derrotado. Nada más inexacto. Felipe Córdoba se mueve como pez en las aguas dulces y saladas. Lo demostró derrotando en su propia colectividad y por sus excelentes relaciones de amistad, al supuesto invencible candidato del Centro Democrático, José Félix Lafaurie, que parece haber sido, apenas, un despiste del uribismo mayoritario para despejarle el camino a su rival. Los humillantes 12 votos que obtuvo Lafaurie de su partido hablan por sí solos. 

La campaña interna de José Obdulio Gaviria por Córdoba y la escena captada por las cámaras de Noticias Uno,  del contralor entrando a la oficina del Congreso en que más cómodo se sentía, es decir, la del representante uribista Enrique Cabrales —cuñado de Tomás Uribe—, para esperar los resultados de la votación el lunes pasado, indica el poder real que tenía su aspiración en el círculo decisorio del expresidente. Primero, la familia. Por cierto, el senador Uribe Vélez, quien últimamente dice y se contradice, adelanta y retrocede, afirma y niega, simuló ser leal a Lafurie y, para dejar prueba de ello, declaró su impedimento. Eso sí, después de varias semanas de haber participado en la preselección de los candidatos. Si necesitábamos un argumento más para votar el próximo domingo siete veces sí para rebelarnos contra la corrupción, la elección de Córdoba nos lo dio.

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