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hace 3 horas
Por: Arlene B. Tickner

¿Nuevo, viejo o intermedio?

Con las elecciones del 1° de julio, que dieron una cómoda pero no contundente victoria al fotogénico “niño bien” del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Peña Nieto, México se convirtió en un nuevo caso de prueba para la democracia en América Latina.

¿Es posible conservar las prácticas e instituciones democráticas en un país gobernado por el mismo partido que perfeccionó el arte del soborno, la corrupción y la ocupación inalternante del poder?

Suponer que México es el mismo que antes y que el retorno del PRI equivale al regreso de las prácticas corporativistas y autoritarias que fueron usadas durante 71 años, es desconocer el fortalecimiento institucional del Estado, los medios de comunicación y la sociedad civil, así como su integración a un mundo cuyos ojos están puestos en lo que ocurre en su interior. Pese a no haber impedido la elección de Peña Nieto, #YoSoy132 ha ejemplificado el papel veedor que podrían desempeñar los sectores más escépticos. Que la Alcaldía de Ciudad de México siga en manos del Partido de la Revolución Democrática (PRD) tiende a reforzar la posibilidad de un movimiento por la transparencia.

De la misma forma, es ingenuo pensar que la maquinaria priista es cosa del pasado. Por más que Peña Nieto trató de distanciarse de los “dinosaurios” y de presentarse como la nueva generación del PRI, su cercanía a veteranos provenientes de las entrañas del partido, así como el rol de éstos en su triunfo, son indiscutibles. Además, si bien los priistas perdieron la Presidencia hace 12 años, su influencia local, estatal y legislativa ha seguido intacto, junto con algunos de sus métodos políticos. Pese a que no se llevarán la mayoría absoluta en el Congreso, es probable que se conviertan, en alianza con el Partido Verde Ecologista (PVEM), en la primera fuerza en ambas cámaras, lo cual plantea la necesidad de poner cortapisas a su poder.

Las elecciones fueron en gran medida un plebiscito sobre el fallido mandato del Partido de Acción Nacional (PAN). Hubo además votantes que no le perdonaron al candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, haber puesto en vilo a México en 2006 al no reconocer el triunfo de Felipe Calderón. Como resultado el PRD no pudo captar el voto de castigo hacia el oficialismo, pese a haber mejorado su posición en el Congreso nacional y en los gobiernos estatales. Si ganó el PRI, en otras palabras, fue más por defecto que por las propuestas visionarias de su candidato, un inexperimentado político cuya campaña se lució por la falta de contenido.

Con reformas pendientes a la política, la justicia, el trabajo, la educación, el sistema tributario y el sector energético, un crecimiento económico sólido pero lento, corrupción indomable, altas tasas de pobreza y desigualdad, y violencia endémica, los problemas que enfrenta México no son menores. En el que más preocupa a los mexicanos —la inseguridad— la contratación como asesor al general colombiano Óscar Naranjo sugiere que en lo sustancial la lucha contra el crimen organizado y la cercanía a Estados Unidos seguirán iguales. Qué actitud tendrá Peña Nieto frente a los monopolios que apoyaron su candidatura constituye otro hueso duro de roer. Por ahora, el nombramiento de su gabinete dará una primera pista sobre el carácter nuevo, viejo o intermedio del gobierno electo, así como sobre sus credenciales democráticos.

 

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