Por: Santiago Montenegro

Nuevos espacios políticos

Cuando aparezca publicada esta columna, Colombia habrá reelegido al actual presidente o tendremos un nuevo jefe de Estado. Pese a la alta confrontación, a la crispación y a la dureza de la campaña, cuando se analice esta contienda con el beneficio del paso tiempo se dirá, quizá, que ganar las elecciones fue la tarea más fácil que tuvo el presidente del período 2014-18.

Porque la próxima administración tendrá un trabajo descomunal para reformar la justicia, construir infraestructura, disminuir la informalidad, elevar la calidad de la educación o eliminar la corrupción.

Todos esperamos que, más temprano que tarde, se firmen buenos acuerdos de paz con las Farc y, quizá, con el Eln, pero no me hago la ilusión de que dichos acuerdos van a modernizar el país, o a construir autopistas, o mejorar los resultados de las pruebas Pisa, o acabar la mermelada, o disminuir drásticamente la informalidad laboral.

La próxima administración tendrá que demostrar que está en capacidad de acometer esta agenda de reformas, o nos tocará esperar otros cuatro años. Pero, quizá, el principal legado de las negociaciones de paz —acogidas por los dos candidatos— será que, en el futuro, la política y, en particular, la elección presidencial, dejarán de girar en torno al conflicto interno. Este tema habrá dejado de polarizar a los colombianos, saldrá de la agenda y, como consecuencia, es de esperar que la próxima campaña girará en torno a propuestas para solucionar tantos problemas que tenemos pendientes desde hace unos 30 años. Los grupos y partidos que se alimentaron del conflicto, tanto a favor como en contra, tendrán que plantear nuevas agendas o su lugar será tomado por nuevos actores. Quizá en ese momento vamos a ver un verdadero reformismo, que enfrente los problemas del país con una agenda positiva, que una y no divida al país, y que construya sobre tantas cosas buenas que tiene Colombia, incluyendo sus instituciones republicanas.

Tendremos que esperar para ver qué grupo o movimiento llenará esos nuevos espacios y, en esa forma, acometer un proyecto que no es distinto al que hace 30 años planteó el Nuevo Liberalismo, con Luis Carlos Galán.
Porque Galán era un convencido de las inmensas posibilidades del país en todos los campos. Pero, como hoy, creía que la política no estaba funcionando y era, quizá, el mayor obstáculo para la modernización de Colombia. Como hoy, la abstención era muy grande, los jóvenes estaban marginados de la participación política, había un enfrentamiento entre las élites que pareciera que lo único que les preocupaba era el poder por el poder. Y, como hoy, el clientelismo —la mermelada—, más que los proyectos y las ideas, tenía una influencia muy grande en las elecciones al Congreso y a la Presidencia.

Los líderes y movimientos que aspiren a llenar esos nuevos espacios deberán, también, recordar que Luis Carlos Galán no fue sólo un gran caudillo, un gran orador, un hombre decente y un político de ideas. Galán también creyó en la política como un proyecto colectivo, como un gran esfuerzo para crear una estructura y una organización de alcance nacional y local, que toma tiempo y dedicación para construirse.

Si se aprenden estas lecciones, más pronto que tarde, tal vez, podamos ver una nuevo forma de hacer política en Colombia. Esos nuevos espacios y ese nuevo ejercicio de la política serán el mejor legado del proceso de paz.

 

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