Por: Marcela Lleras

Nuevos savonarolitas

MUCHA GENTE SE HA PRONUNCIAdo en contra del proyecto de ley de penalización de la dosis mínima que este gobierno quiere pasar al Congreso.

Las reflexiones y los análisis han provenido de columnistas, algunos especializados en derecho, otros en economía, académicos, en fin, un gran sector de la población pensante. No quiero meterme a repetir lo que se ha dicho, porque se ha dicho muy bien. Cada adulto puede hacer lo que quiera con su vida, sin perjudicar a los demás y sin que el Estado se le meta; es más, en este país tan reaccionario, una ley de ese estilo puede ahondar el problema de los crímenes cometidos por miembros de la Fuerza Pública escondidos de civiles como, por ejemplo, la horrible limpieza social.

A ver: vamos a tener tribunales que juzguen —me imagino que los jueces deben ser siquiatras también— qué tan enfermo está alguien que se metió un “cachito” y determinar si necesita tratamiento. Y como es Colombia, si al juez le cae mal alguien que le está arrastrando el ala a su hija, pues a tratamiento siquiátrico de inmediato. ¿Y quién se va a encargar de eso: el Ministerio de la Protección Social, que ni siquiera ha podido organizar lo de la Pila? ¿Y hay hospitales suficientes para que los enchiqueren? ¿Y las EPS van a dar las drogas para la “curación” de los pacientes?

Y todos los “vueltos a nacer savonarolitas” diciendo que hay que salvar a la humanidad de los vicios, de la droga, del diablo. ¿Por qué no, más bien, se miran en sus propios zapatos? Allí verán claramente el robo de las regalías, el amañamiento con los paramilitares, el cohecho, los falsos positivos, la pobreza y olvido estatal del Chocó, la indiferencia con los indígenas, la apropiación de los ricos de las tierras de los desplazados por una moñona que hace el gobierno a su favor, la economía que se vino a pique sin que nadie tomara medidas para no desprestigiar al gobierno de Uribe. Esos sí son temas importantes.

Dicen que Colombia es un país democrático, pues tiene democracia representativa. La gente puede salir a votar por quien le parezca, pero los votos se compran de muchas formas, con promesas, con plata, con chantajes, y salen elegidos los que más se mueven. La verdadera democracia sería que los legisladores oyeran las necesidades de la gente, o las protestas, o los análisis, y tener en cuenta todo esto en el momento de legislar. En este caso, resulta absurdo volver a penalizar el consumo mínimo.

Ahora, con esta defensa de la no penalización de la dosis personal van a decir, como han dicho de otros defensores, que nos la pasamos “fumando”, que por eso no tenemos poder de discernir, vivimos confundidos, no vemos la realidad y por eso somos tan antiuribistas.

Pues mi dosis personal es una chocolatina Jet, me siento “chévere” y sigo con mi facultad de discernir y no me voy a dar por vencida en decir lo que pienso sobre todas las inequidades de este país, ni voy a dedicarme a escribir sobre literatura.

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