Nunca ha sido igual

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El mundo nunca ha sido igual. Ni un solo instante, en ningún estadio o era, desde que apareció entre los escombros de la “explosión primordial”, “la gran explosión”, del aún humeante Big Bang.

Ni siquiera cuando era poca la diversidad de elementos que integraban el revoltijo que había en el caldo primigenio atizado por la materia envalentonada, tuvo el mundo la oportunidad de detenerse y mirar hacia atrás, a los lados, hacia arriba o abajo, cuanto le rodeaba.

A pararse o a devolverse, a constatar que sí y que no se parecía con él o tenía su mismo peso, estatura y dimensión; si había otros con sus mismos ojos, su mirada y forma de hablar, si uno era más grande que el otro. O, sí las placas tectónicas de este mundo que era la tierra recién emergida y en formación, tenía unas más bajas y otras más altas, de lo cual en su debido tiempo se encargarían los terremotos y sacudimientos telúricos de cotejar y nivelar según fuere del caso.

De tales discontinuidades geomorfológicas como queda dicho, se ocuparía el mundo de tratarlas sin necesidad de devolverse a inventar el método o recular a refundarlo como ocurrió con la patria en Ralito.

De las mismas discontinuidades, alteraciones, desequilibrios y malformaciones, pero de carácter humano y social, se encargarían, igual que los terremotos y sacudimientos telúricos de lo suyo, las dinámicas y gravitaciones de orden geosocial, político, económico y cultural a una, movidas con la misma o más fuerza de aquellos por esa rueda que gira sin parar ni devolverse, la historia.

El mundo siempre avanza, no se detiene, aunque a veces los espejismos de cualquier naturaleza nos hagan ver que así sucede, que se para, se agacha, se estira y encoge, pero no ocurre tal en ese suyo perpetuo movimiento en espiral, a veces lento o desbocado, pero nunca inmóvil.

Ni siquiera en las sucesivas pestes, guerras y desastres naturales que en diferentes épocas de su devenir lo han asolado, el mundo se ha detenido, devuelto o parado para ser igual a cuanto era un nano segundo antes. Ni dado marcha atrás a cuanto de manera permanente se está cocinando y revolviendo sin interrupción en sus entrañas. Y menos en estos tiempos en los que “/ya no es mágico el mundo/”. Ni nada que le pertenezca, susceptible de esconderse de “/este mundo historial/”.

Por tal, aquello de que “el mundo no volverá a ser igual a como era antes de la pandemia del Covid – 19”, no viene a ser nada distinto de una más entre tantas de aquellas frases llamativas, redundantes, vacías, banales, anfibológicas dirán los gramáticos de los tiempos de la Gramática que, como el “último y asombroso descubrimiento de los sabios de Memphis”, trajeron los más encumbrados exponentes de nuestro pensamiento claro universal.

Acerca del cual pido a mi incondicional y admirado amigo y vecino que fuera de Homero, Francisco de Casilda, de Sincé, Sucre, tenga a bien darnos cuenta a los profanos y comunes, de aquellos, los de pensamiento claro, que en Colombia son millares, rebasan todas las sabidurías conocidas y las por inventar que heredarán a su descendencia por los siglos de los siglos.

Entre tanto el mundo seguirá sin ser igual ni acabarse: algunos saberes, usos y costumbres se cambiarán por otros, se alterarán o mejorarán o simplemente dejarán de ser, estar y servir para lo que antes servían, estaban y usaban, pero “el gobierno de la travesura, de la sorpresa y el absurdo”, escribiría el novelista, poeta y pintor de Tolú, Sucre, Héctor Rojas Herazo, igual que este mundo ancho y ajeno, seguirá al ritmo del mundo: tampoco parará.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

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