Por: Diana Castro Benetti

Nutrir la vida

Nutrir la vida de montañas y el río. Nutrirse con una respiración simple. Nutrirse de poco. Nutrirse para nutrir la muerte y nutrirse para nutrir la vida. Atiborrarse de lo inútil, lo orgánico, la peste y los mares. Llenarse de palabras, de ideas y de presagios. Porque es en la precariedad del momento cuando se activa el automático y no se sabe ya lo que se engulle. Sentidos que se saturan mañana y tarde. Son las imágenes, las sensaciones y los sonidos los que, con ayuda de los delirios propios y ajenos, se transforman en envidias, celos, ilusiones, rabia, inconsciencia, mezquindades y fantasmas. Los ojos se enfocan en la perversidad o la desconfianza, es el mal de ojo; los oídos se regodean en el chisme, es la maledicencia. El alimento de cada día puede ser pesadumbre y cobardía. Se vive de crear paraísos de neón.

Y es que si la atención está puesta en el plástico, el ascenso o el mañana, los días se van llenando de lo que no queremos. Papeles, bolsas, llantas, moda, opiniones, recuerdos, ideologías, vejestorios, odios, fracasos. Se abren puertas para acumular basuras, se programan las obsolescencias de los encuentros, el querer y hasta el olvido, se confunde la nostalgia con el amor y todo alimento preciado llega contaminado y sin vitaminas.

Nutrir la vida con delicadeza es sabiduría. Requiere lentitud para gozar el mar, cubrir el día con paciencia y ser el silencio. Es decisión. No hay azar. Nutrir la vida es abrirle la puerta a lo esencial para que la vanidad no se instale. Celebrar un respiro del sol para nutrirse de miel o de caricias o de suavidad. Es colmarse de voluntad antes que de impulsos. Es la observación de sí, una observación constante, delicada, suelta, sin técnicas. Una observación que respira. Es más atención consciente y menos la brutalidad impuesta por un colectivo. Menos las alabanzas al yo y menos loas al otro. Es lo más pequeño y lo posible.

Cada día, nutrir la vida con lo más simple. Agua y viento, noche y alba, flor y movimiento. Nutrir la vida es la docilidad, la adaptación, la luz. Un respiro. Nutrir la propia vida de esa parte más sublime que nos acompaña. Nutrir la vida para ser el vuelo de un pájaro, el arcoíris y el espacio interior. Nutrir la vida con lo que nos queda de vida y la alegría. Nutrir la propia vida para nada, para todo, para los otros, desde los otros. Nutrir la belleza y la libertad porque son la vida que palpita.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Diana Castro Benetti

El estallido

Todo toma tiempo

Una perversión

El don

El querido diario