O por las armas o por los votos o por los tribunales

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La democracia es defecutosa, tremendamente defectuosa. Se dice, sin embargo, que los demás sistemas políticos son peores en cuanto a oportunidades de mando, no tanto en tranquilidad y bienestar social. Sin ser monárquico, se reconoce que, en punto de estas dos últimas categorías, tranquilidad y bienestar social, gana ese régimen de reyes y princesas, sin contar los favores que le hace al arte y a la estética.

En democracia hay revueltas, inseguridad pública, libertad, por supuesto, e indeseable libertinaje, pero se da pábulo al espíritu humano y se dan alas a cada cual para progresar o al menos intentarlo. Demócratas preferimos esto a los privilegios originados en razones hereditarias (que no son razones), sino inequidad y ventajas.

No hay en democracia, que es donde las hay, elecciones completamente puras. Épocas hubo en que el voto era calificado, verdadera oligarquía o gobierno de unos pocos; en la era moderna por largas temporadas la mujer no votaba; increíble, el voto femenino en Colombia vino a darse en tiempos del dictador Rojas o a su salida.

Una hegemonía conservadora de 45 años, en un país entre europeo y aldeano, alejó del poder al Partido Liberal y este, a su vez, alejó del mando a su contrario por otros 16, configurándose la hegemonía liberal. Se desató la gran violencia. Tema este de eterna discusión en el que ganan siempre quienes tienen una mayor divulgación para recrear la historia a su acomodo.

Ninguna elección deja satisfecho al derrotado, lo que es de la condición humana. Y como ya se dijo que la democracia es defectuosa, no faltan razones para desvirtuar un triunfo. Hay fraudes que no admiten duda o “amaneceres electorales” de todos conocidos; intervenciones dinerarias inaceptables y corrupción, sin que esta pueda medirse en proporciones justas o injustas, pues siempre serán injustas. Sólo que existe un principio de sostenibilidad del orden o de legalidad, mejor conocido por este nombre, que espera con paciencia los fallos de los tribunales, basados en pruebas incontrovertibles.

Grupos sociales de reconocida fuerza conviven en la sociedad democrática y en ocasiones apelan a la revolución armada, perturbando por completo el orden público y prometiendo siempre un nuevo orden, que nunca llega, por su origen violento.

Cuando son indultados y se unen al resto de población, participan con entusiasmo en el juego democrático electoral. Quieren ver si los votos les alcanzan para realizar sus postulados, no dudaría que buenos, pero salpicados de sangre y de pésima historia. Hay un último sistema –combinación de lucha– y es el de apelar a los tribunales para acusar al adversario y reducirlo, ya no por las armas ni por los votos, sino por fallos judiciales, que entran a ser políticos. Pero, bendita democracia.

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