Por: Christopher Hitchens

Obama no es Luther King

CUANDO ASESINARON A MARTIN Luther King Jr. yo tenía 19 años de edad y me consideraba mucho más de izquierda que él. Aun así, lo juzgaba uno de mis mayores tutores morales (y todavía lo es). La primera vez que me pidieron en una calle de Manhattan, en 1970, que firmara una petición para transformar su cumpleaños en un feriado nacional, tenía 21 años y firmé con orgullo.

Cuando en 1983 el presidente Ronald Reagan promulgó la ley para que el nacimiento de King fuese considerado un feriado, pensé que había avanzado muy lejos en mi treintena, pero que, comparativamente, tenía poco para mostrar. Y el último fin de semana, leyendo una hermosa reminiscencia de King por el biógrafo Taylor Branch en The New York Times, me impresionó descubrir que King está ahora muerto por más tiempo del que estuvo vivo, y que han transcurrido 40 años.

Durante el mismo fin de semana, leí el tan discutido libro de Nicholson Baker Human smoke y tropecé con el siguiente pasaje: “Un organizador sindical, el socialista Philip Randolph, visitó la oficina del presidente Roosevelt para hablar sobre los trabajos que debían darse a los negros en las fábricas destinadas a la defensa. Era el 18 de junio de 1941. Randolph había anunciado una enorme marcha en Washington. ‘A nuestra gente la rechazan en las puertas de las fábricas porque es de color’, dijo Randolph al Presidente. ‘No pueden vivir así. ¿Qué va a hacer usted al respecto?’ ”.

Roosevelt “ofreció interceder con los jefes de las industrias de defensa, pero solamente si se cancelaba la marcha en Washington: Randolph quería una orden del Ejecutivo prohibiendo el racismo en el empleo. Al final, la marcha se canceló, pero sólo a cambio de una fuerte orden escrita por el Ejecutivo”.

Cada vez que abandono en tren la ciudad en la que actualmente vivo, le hago un pequeño saludo a la oscura y desfigurada estatua de Randolph erigida en la estación ferroviaria Union Station, en Washington. Pasaron 22 años antes de que Randolph intentara la misma táctica en otro vacilante demócrata. Y esta vez, el presidente John F. Kennedy no se dio por aludido hasta que los manifestantes, organizados por la United Automobile Workers y por el liderazgo de los derechos civiles, inundaron de hecho la ciudad.

En el mismo fin de semana en que estaba leyendo a Nicholson Baker, también leí otra noticia sobre el reverendo Jeremiah Wright, el pastor recientemente jubilado que lideró la iglesia de Barack Obama en Chicago. Aquí está la “jubilación” del reverendo: una casa por valor de 1,6 millones de dólares, comprada en nombre de su iglesia. La casa se halla en Tinley Park, una próspera sección blanca de la ciudad. Realmente ese hombre debe pellizcarse cada mañana al despertarse, al descubrir la suerte que tiene.

Esta envidiable existencia es mirada con celo y avaricia por otros practicantes más jóvenes, como el delirante reverendo James Meeks de la Iglesia Baptista Salem de Chicago, que tal vez no está preparado todavía para el horario estelar, y por los miembros de la tripulación racista y sectaria de Louis Farrakhan, que aparentan pensar que la cristianidad es una religión esclava y que la gente blanca es producto de un experimento de laboratorio que fracasó.

La cosa que tienen en común esta tropilla de dementes y parásitos es la extrema deferencia con que son tratados por el joven senador de Illinois. En abril de 2004, Barack Obama le dijo a un periodista del Chicago Sun-Times que él tenía tres mentores espirituales o consejeros: Jeremiah Wright, James Meeks y el padre Michael Pfleger. Este último es un predicador católico blanco que tiene una estrecha relación personal con el hombre que él llama (como lo hace Obama) ministro Farrakhan.

Esta cruza de predicadores no es tan “incluyente” como podría creerse: las principales conexiones políticas de Meeks en la comunidad blanca son con el ala histéricamente antihomosexual de la derecha cristiana.

Si Obama leyese una lista de las posiciones que sus partidarios clericales toman sobre cualquier cosa: desde el judaísmo hasta la sodomía, estaría desde aquí hasta noviembre en el suave y sedoso negocio del “distanciamiento”. Por cierto, parece que tiene un gran talento para permanecer adecuadamente ignorante sobre las verdaderas creencias de sus “mentores”.

Esto es mucho más triste, y mucho más serio, de lo que suele admitirse. Cuatro décadas después del asesinato en Memphis de un amigo de los trabajadores —un héroe que fue siempre denunciado por el FBI por su elección de amigos y colegas seculares y socialistas—, el púlpito nacional de los derechos civiles está en su mayor parte ocupado por artistas de la estafa de segunda clase. La esperanza de todos ellos es obtener una franquicia sobre “el diálogo entre razas”, a fin de vivir la buena vida.

Lejos de predicar la verdad y la hermandad, comercian con calumnias baratas y paranoia y muestran una venenosa antipatía por otras minorías. Elijah Muhammad y los musulmanes negros acostumbraban a saborear sus encuentros con partidarios del Ku-Klux Klan y con nazis para discutir las bellezas del separatismo. Esta chusma también se relaciona con Farrakhan y hace coaliciones oportunistas con los James Dobsons y Gary Bauers de la derecha blanca. Esta es la encantadora clientela de la iniciativa basada en la fe.

¿Quién se preocupa ahora por recordar a Philip Randolph o al activista de los derechos civiles Bayard Rustin o a otros gigantes de la lucha y de la solidaridad a quienes tanto debemos?

Nos hemos vuelto tan amnésicos que caemos en paroxismos de adulación por un politiquero de Chicago que no completa —dejemos de lado el “trasciende”— el trabajo del doctor King; que ni siquiera se ha dado cuenta dónde estábamos hace cuatro décadas; y el cual, por las asociaciones que elige, niega y profana el legado que nos dejaron a todos.

*Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. c.2008 WPNI Slate

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