Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 14 horas
Por: María Teresa Ronderos

Obama, Osama y las Farc

SORPRENDÍA LA FRIALDAD CON QUE Barack Obama salió en televisión a anunciar que "Estados Unidos había conducido una operación que mató a Osama bin Laden, el líder de Al Qaeda", el principal enemigo de Occidente, en su refugio paquistaní, en Abbottabad.

Leyó el telepronter inexpresivo, sin un ápice de triunfalismo en su tono. Sus palabras, por supuesto, daban cuenta de la importancia de haber vengado la muerte de más de tres mil ciudadanos en el ataque de esta organización extremista el 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas en Manhattan, pero también llamaron a seguir defendiendo los valores fundamentales de la democracia americana: libertad y justicia.

No hubo videos del operativo que dejaran ver cómo mataron a Bin Laden, ni hubo fotografías espeluznantes de su rostro baleado y sus entresijos en exposición. Simplemente nos contaron que echaron el cuerpo al mar y que cumplieron la tradición musulmana de no cremarlo.

El contraste con la muerte de nuestros propios terroristas no puede ser mayor. Aquí poco les faltó a las autoridades para destapar champaña cuando mataron a Jojoy y a Reyes. En los dos casos, los gobiernos entregaron a los medios las horripilantes imágenes de sus cuerpos agujereados y semivestidos, como quien le tira un trozo de carne cruda a un buitre, y éstos las reprodujeron hasta el cansancio durante varios días.

Los gringos no dejaron ver a Bin Laden porque fueran más considerados con sus enemigos que nosotros. No lo dejaron ver por razones estratégicas: para no despertar más odio y no disparar una brutal reacción en caliente de sus seguidores. Y lo echaron el mar para que no hubiera tumba a donde ir a rezarle.

Es una lección de forma: las fiestas de sangre no traen sino más odio y sangre.

Pero además está el tema de fondo. El mayor avance del gobierno de Obama contra la Yihad extremista no fue acabar con Osama, sino que desde antes había comenzado, para usar las palabras de la revista The Economist, “a matar su sueño”. Mientras los republicanos se burlaron de Obama diciéndole que más que comandante en jefe era profesor en jefe, éste perseguía a los terroristas con inteligencia y sobre todo, supo leer la primavera en los países árabes, porque no la confundió con terrorismo sino con una rebelión justa y vigorosa contra los autócratas regímenes que el mismo Estados Unidos había ayudado a sostener. La caída de algunos sátrapas árabes puso a tambalear la causa de Al Qaeda en contra de “los gobiernos infieles sostenidos por Occidente”. Eso ayudó más a “matar el sueño” de Al Qaeda que las dos guerras y el aparataje de contratos militares que Bush amplió hasta lo aberrante.

En esto también hay un contraste con el caso colombiano. No es claro si la estrategia en la que estamos empeñados contra nuestros guerrilleros va mucho más allá que la de descabezar jefes y darnos abrazos autocongratulatorios cada vez que cae otro. Los gobiernos han convencido a medio país de que sólo un multimillonario y escandaloso gasto militar puede romperle el espinazo a ese tigre de papel que son las Farc. Pero creo que así no vamos nunca a matarles el sueño. Se requiere sí más de la agilidad de la inteligencia y menos de un gigante aparato burocrático-militar; pero también se necesita no confundir la protesta legítima y el liderazgo por el cambio con subversión y, sobre todo, hacer de la igualdad social y de la justicia prioridades de verdad y no sólo de palabra.

Es una lección de fondo que aún no nos entra en la cabeza.

 

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