Por: María Elvira Samper

Obras son amores, no buenas razones

EL ESCENARIO DE UN GOBIERNO CON todos los recursos del poder, abrumadoras mayorías parlamentarias y una oposición disminuida y sin marco legal para el ejercicio de sus derechos es tan poco democrático que, tal vez por eso, recién elegido, Santos dio las primeras señales de que el comportamiento de su gobierno con sus contradictores iba a ser diametralmente opuesto al de su antecesor.

Uribe gobernó contra la oposición e hizo lo que estuvo a su alcance para reducirla y desacreditarla. Su discurso macartizador –aliados de la guerrilla, enemigos de la Patria, comunistas disfrazados…– caló tanto, que muchos se tragaron el cuento de que opositores y Farc eran prácticamente harina del mismo costal.

 Santos, por el contrario, ofrece gobernar respetando a sus contradictores y ha dado pasos en esa dirección: reunión con el ex candidato del Polo, Gustavo Petro –desautorizado por su partido– de quien acogió las  propuestas sobre tierra y víctimas, e incluyó en la agenda legislativa, y el encuentro del ministro del Interior, Germán Vargas, con la cúpula del Polo –el único partido en abierta oposición al Gobierno– para oír su memorial de agravios y proponer un trabajo conjunto para sacar el Estatuto de la Oposición, intención que ratificó cuando, en el debate citado por ese partido, pidió al Senado asumir sin miedo la discusión sobre las garantías para la oposición.

 En los países democráticos, la oposición como derecho legítimo y parte del juego político pacífico y normal no se discute y, en general, la propia Constitución es el estatuto de la oposición. En Colombia, donde la oposición ha tenido que transitar por caminos tortuosos y según las diferentes circunstancias históricas, políticas y sociales ha sido asociada o con sectarismo o con guerrilla, los constituyentes del 91 debieron consagrar en forma específica el Estatuto en la nueva Carta Política (Capítulo III,  artículo 112), que estableció que una ley estatutaria debía reglamentar “íntegramente la materia”. Han pasado 19 años y la tarea sigue pendiente. El último intento fue saboteado por el uribismo en 2004 para dejar  la campaña reeleccionista en amplia e indebida ventaja.

El nuevo gobierno, aunque de estirpe uribista, promete enmendar la plana pero, como dice el refrán, “obras son amores y no buenas razones”. Hay hechos que contradicen las buenas intenciones: la ratificación del director del DAS, comprometido en la destrucción de documentos sobre las operaciones ilegales contra miembros de la oposición; la manguala de la coalición de la “unidad nacional” que impidió al Polo hacer parte de la Comisión de Acusaciones con el socorrido argumento leguleyo de la cifra repartidora, y la segura exclusión del Polo del Consejo Nacional Electoral, con argumento similar. De remate, la elección de la contralora Sandra Morelli mostró el poder de la aplanadora oficialista.

Ojalá el Presidente, que parece haber recuperado algo de su talante liberal, recordara y les recordara a sus huestes lo que, tras la tragedia del Palacio de Justicia, dijo Virgilio Barco, entonces candidato presidencial y jefe del Partido Liberal: “Un buen gobierno está compuesto por dos elementos inseparables: lo que ese gobierno ofrece y hace desde la cima del poder y lo que no le permite hacer la oposición desde la llanura. (…) la oposición es el gran servicio público a la democracia y quizás el más importante de todos”. Pero se trata también de que ésta sea responsable y actúe en forma constructiva, que vigile y contribuya al desarrrollo de las instituciones, que no haga oposición por el prurito de oponerse. Porque la oposicion cerrera y ciega lo que hace es alimentar los más bajos instintos de la reacción.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de María Elvira Samper

Más violencia no destraba el proceso de paz

¿Quién le teme a Vargas Lleras?

Un abismo entre obispos

Fiscal desbocado