¿Qué se sabe de la recaptura de Aida Merlano?

hace 3 horas
Por: Eduardo Barajas Sandoval

Ocasión de nueva primavera

A juzgar por la rebelión ciudadana en diversos lugares del mundo, parecería que se va extinguiendo la euforia de quienes, al término de la Guerra Fría, pregonaron que de ahí en adelante, entonces sí, se consolidaría para siempre el modelo según el cual las fuerzas del mercado, liberadas y con la opción de actuar a sus anchas, se encargarían de fomentar un crecimiento generalizado y, de paso, irrigarían progreso a quienes se afiliaran al liderazgo de los empresarios, en su condición de dispensadores de bienestar.

En las sociedades más protagónicas del modelo, como los Estados Unidos, y también en las emergentes dentro del mismo esquema, como Chile, se han venido a advertir los desequilibrios que puede traer la acción, no regulada, de un sistema económico que, por su naturaleza y su lógica implacable, conduce a fortalecer en extremo a unos, beneficiarios de la concentración de la riqueza, y a deja rezagados a otros, que no tienen tiempo para esperar que les llegue el anunciado rocío de los parabienes. Los discursos de Bernie Sanders y Elizabeth Warren en la campaña demócrata norteamericana, y las proclamas de los chilenos en las calles, se centran en ese problema. Como sucede también en decenas de ciudades de otros países, al impulso de la reacción de “ciudadanos del común”.

Con ínfulas de científicos, y además de intérpretes de la marcha de la sociedad por la historia, basados en la apreciación estadística de los hechos, los pontífices de las fórmulas de crecimiento económico, con base en la liberación total de las fuerzas del mercado, parecieron ignorar las consecuencias humanas y sociales que tiene su acción indolente. Mientras en el fondo de la sociedad hierven sentimientos de marginalidad y frustración que buscan vías de escape. Pues a nadie le queda claro que es preciso hacer sacrificios salariales en beneficio de otros, “en espera de días mejores”, ni que la intervención del Estado sea indebida ante las embestidas de amores económicos completamente sueltos.

Lo más grave, desde el punto de vista político, es que la marcha rampante de la liberación total de los mercados, que obliga a que los servicios públicos tradicionales, y la salud, y la educación, y los contratos laborales, y todo lo demás, se sometan “simplemente” a la lógica del mercado, conduce a situaciones de desigualdad de tales proporciones que terminan por poner en jaque a la democracia. Esto quiere decir que, frente a la avalancha de poder de una economía que impone condiciones de vida a su acomodo, las ilusiones de ejercicio del poder ciudadano se vuelven cada vez más irrelevantes. Circunstancia que lleva a que la gente crea cada vez menos en la bondad, y la utilidad, de un sistema político que no arregla los problemas.

Ya fue palpable el fracaso del modelo alternativo que, por ejemplo, en la Europa oriental, intentó en el Siglo XX hacer las cosas de otra manera. Y los retoños anacrónicos de la misma idea, como en Venezuela, apenas sirven para concluir que su aplicación radical no conduce ni al bienestar ni a la libertad. Por otro lado, casi nadie se ha atrevido a cuestionar el catálogo de fórmulas como las que, en el otro extremo, se aplicaron en el seno de la sociedad chilena, no solo a lo largo de gobiernos de centro derecha, sino de centro izquierda. Todos aparentemente felices con el espectáculo, y proclamando su entrada triunfal al “Primer Mundo”, hasta que los hechos vinieron a demostrar la inoperancia de dogmas como el de que hay que fortalecer a los poderosos porque ellos son los que proveen de empleo y oportunidades de progreso personal. Como si tuvieran, en su lógica, la idea de poner el interés general por encima del propio.

El recurso a la violencia debe ser rechazado como medio para tramitar estos profundos problemas. En cambio, se debe dar, cuanto antes, una discusión dura, respetuosa y civilizada, entre contradictores. A ella deben concurrir los promotores de la movilización social, y los actores de la vida económica y de la discusión política, para buscar acuerdos sobre los ajustes necesarios para conseguir una sociedad lo más balanceada que se pueda. Sin destruir lo construido, sin negar los avances que se hayan hecho en uno u otro campo. Sin ignorar las lecciones de la historia, que claramente muestran cómo el precio de la destrucción se comienza a cubrir después, por cuotas, que difícilmente se acaban de pagar, por lo menos en vida de las generaciones que adquirieron la obligación. Ahí está la prueba de fuego de la historia para los líderes que juraron mantener la concordia y defender la democracia.

En medio de una época que ve desmoronarse las fronteras, que permite apreciar en directo la movilización social desde Hong Kong hasta Valparaíso, que pone en evidencia virtudes como la del emprendimiento y defectos como la corrupción, que demuestra la inutilidad creciente de los partidos políticos, la precariedad de los Estados tal como están concebidos, la inocuidad del poderío militar ante los problemas que anidan en el alma de la gente, y una ansiedad generalizada por el porvenir, es necesario que aparezcan nuevas propuestas, que permitan una mejor relación entre economía, democracia, dignidad humana y libertad. Tarea naturalmente difícil, tanto en países centrales como en aquellos que adoptaron, desde una condición subordinada, sin asomo de autonomía de pensamiento, un modelo que deja relegados a sectores sociales que terminan por quedar marginados no solamente de los beneficios del progreso económico, sino de la utilidad de los mecanismos tradicionales de participación política.

Ante semejante compromiso, en diversas comarcas del mundo, gobernantes y ciudadanos deben quedar bien advertidos de la irrupción de charlatanes, que con lógica elemental promueven ilusiones, y que con interpretaciones simples y radicales, perturban las relaciones de poder en todas las direcciones y por todos los medios posibles, para acrecentar la zozobra, sin propuestas de salidas que respeten los valores esenciales de la democracia que tanto trabajo costó concebir y tener como referentes. Ahí está la advertencia de la Canciller alemana con motivo del aniversario de la caída del Muro de Berlín.

Si queremos defender, como debemos, las libertades y los valores de la democracia, la protección del emprendimiento y la creación de riqueza por parte de muchos actores de la sociedad, dentro del respeto por la naturaleza, vamos a tener que formular un pacto de avenidas más abiertas, que permitan una democracia económica liberadora para grupos sociales capaces de ser protagónicos en una sociedad que abra oportunidades, que premie el esfuerzo, y que proteja a los más débiles de la inclemencia de un sistema que perfectamente puede ser regulado, con el compromiso de la justicia social. Tal vez estemos en el comienzo de una nueva primavera, y ojalá de una nueva historia.

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Ocasión de nueva primavera

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